domingo, 7 de junio de 2026

 



     Contemplación del Aguará Guazú -a raíz de Esto Fui de Juan Filloy-

 

     Con permiso de la cacofonía, pero ¿Por qué escribe un escritor? En el caso de Juan Filloy me figuro que porque no puede no hacerlo (aún a los cien años), lo necesita para encauzar las imágenes que lo habitan: “de una sentada, pasaban por mis ojos tres o cuatro relatos que encarrilaban mi imaginación”, nos dice. Y no se desprende ni de las letras, ni de las imágenes, ni del niño que fue: “Así entramos el -niño y el adulto- al plantearse el diálogo, compiten a la par el sueño y la perplejidad retozona”. De esta manera el cordobés del Pueblo de General Paz (hoy barrio pegado al Suquía) nos introduce a la mentada íntima conversación, no importándole que concuerde con verdad otrora: “No me interesa que estos recuerdos coincidan con los tuyos”. Y lo realiza con la serenidad de toda una vida según sus propios términos: “Porque lo más hermoso de mi legado personal es la serenidad que me acompaña”.

     A poco de andar leyendo sus recuerdos (siempre atrayentes y que despiertan intriga por la forma en que los presenta) nos motiva con el tiempo quechua del Náupa (pasado): (…) “yo he vivido en los tiempos del ñaupa en que se usaba el sistema métrico decimal. En efecto, en nuestro negocio era frecuente este diálogo:

-Don Benito, véndame un almud de maíz y una arroba de harina tres ceros…”

     En tiempos de neologismos los significantes del ñaupa resultan interesantísimos.

     Buceando “en la nube” nos damos con que  el almud es una unidad de medida de capacidad para granos con particularidades según los regionalismos. Así en Córdoba podía equivaler a 18 kilogramos, en Corrientes a 21 y en Mendoza a 9. La pieza para medirla era una caja de madera o jarra del mismo material.  Mientras que la arroba igualaba a los 11 kilos y medio (11,5kg) o a una cuarta parte de un quintal con lo que se deduce que el quintal coincide a los 46 kilogramos. Resulta novedoso igualmente que braceando en la líquida nube virtual un quintal corresponde a los 100 kilogramos. Conclusión: ¿Cuánto pesa una arroba? ¿Quién maneja la información? ¡Cómo no tener un abuelo cerca para desburrarme sobre las verdades del ñaupa!

     Nuestro niño Juan proviene de un pueblo obrero, “in-docto”, “ateo”, envidiable. El paraíso del pobre. Cierto es que generaliza su particularidad: “Fue una infancia cruda, animadamente animal, inserta en la in-docta ignorancia de un pueblo obrero. Sin sortilegio espiritual de ninguna especie. Por eso mismo, envidiable, paradisíaca”. Pero al siguiente párrafo se contradice hablando de la superstición familiar de la leyenda del “ángel de la guarda”. Su sarcasmo marca una sonrisa en nuestro rostro lector.

Río

     El capítulo referido al río cercano es destacable para este orillero sin agua que escribe ahora. Un pueblo se debe a sus aguas (o a sus vías, ¿por qué no? O su camino). Nuestro memorioso hace una referencia poética e incurre en otra contradicción perdonable. Menciona que antes de la fundación española no pisaron poetas estos suelos (aquellos de la pampa, nosotros aquí estamos en las serranías, en las curvas de la geografía, los relieves de suaves subidas y bajadas); decíamos que sin poetas previos (grueso error) los nombres nativos de sus aguas son más poéticos que los numerales españoles:

Primero al Suquía, Segundo al Xanaes. Tercero al Calamochita (Ctalamochita), Cuarto al Soco-Soco (Chocancharava) y Quinto al Popopis o Luluara. Al respecto cita al W. Abbot, seguramente el teólogo ingles autor de la sátira matemática, que dice: “Cuando se escudriña la historia de una región lo mejor que se encuentra es el río”. Nuestra historia es macabra si consideramos que la sangre elemental, nuestro orbe azul contaminado, muerto está desde el corazón del San Roque e inerte sin vida, cual hemorragia fatal, desemboca en la Ansenuza. Un aguará guazú nos observa desde sunchos ribereños allá anunciando su deceso y el nuestro.   

 El Pueblo

     Integrado por obreros y empleados del ferrocarril, existían de varias nacionalidades. Gral Paz, siempre según nuestro prolífico escritor, era un “mosaico de nacionalidades”; era barrio trabajador no como el ocioso El Alto, el disperso El Abrojal o La Bomba de constantes crónicas policiales.

     Barrio de Plaza Alberdi, biblioteca y almacenes Juan Filloy vivió y aprendió de la vida tras el mostrador familiar y sus calles de cantos rodados. Recuerda experiencias y personajes sintiéndose siempre de la clase obrera donde la solidaridad de sus padres estaba a la orden del día con sus vecinos.

    

Final

     Leerlo a Juan Filloy siempre es leer a un verborreico cordobés de la palabra escrita que no se aburre entre voces que lleva el viento, pobladas imágenes de su memoria y la hoja en blanco que se va nutriendo de sus vivencias y lecturas.

     

Martín Avalos

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