Contemplación del Aguará Guazú -a
raíz de Esto Fui de Juan Filloy-
Con permiso de la cacofonía, pero ¿Por qué
escribe un escritor? En el caso de Juan Filloy me figuro que porque no puede no
hacerlo (aún a los cien años), lo necesita para encauzar las imágenes que lo
habitan: “de una sentada, pasaban por mis ojos tres o cuatro relatos que
encarrilaban mi imaginación”, nos dice. Y no se desprende ni de las letras, ni
de las imágenes, ni del niño que fue: “Así entramos el -niño y el adulto- al
plantearse el diálogo, compiten a la par el sueño y la perplejidad retozona”.
De esta manera el cordobés del Pueblo de General Paz (hoy barrio pegado al
Suquía) nos introduce a la mentada íntima conversación, no importándole que
concuerde con verdad otrora: “No me interesa que estos recuerdos coincidan con
los tuyos”. Y lo realiza con la serenidad de toda una vida según sus propios
términos: “Porque lo más hermoso de mi legado personal es la serenidad que me
acompaña”.
A poco de andar leyendo sus recuerdos
(siempre atrayentes y que despiertan intriga por la forma en que los presenta)
nos motiva con el tiempo quechua del Náupa (pasado): (…) “yo he vivido en los
tiempos del ñaupa en que se usaba el sistema métrico decimal. En efecto, en
nuestro negocio era frecuente este diálogo:
-Don
Benito, véndame un almud de maíz y una arroba de harina tres ceros…”
En tiempos de neologismos los
significantes del ñaupa resultan interesantísimos.
Buceando “en la nube” nos damos con
que el almud es una unidad de medida de
capacidad para granos con particularidades según los regionalismos. Así en
Córdoba podía equivaler a 18 kilogramos, en Corrientes a 21 y en Mendoza a 9.
La pieza para medirla era una caja de madera o jarra del mismo material. Mientras que la arroba igualaba a los 11
kilos y medio (11,5kg) o a una cuarta parte de un quintal con lo que se deduce
que el quintal coincide a los 46 kilogramos. Resulta novedoso igualmente que
braceando en la líquida nube virtual un quintal corresponde a los 100
kilogramos. Conclusión: ¿Cuánto pesa una arroba? ¿Quién maneja la información?
¡Cómo no tener un abuelo cerca para desburrarme sobre las verdades del ñaupa!
Nuestro niño Juan proviene de un pueblo
obrero, “in-docto”, “ateo”, envidiable. El paraíso del pobre. Cierto es que
generaliza su particularidad: “Fue una infancia cruda, animadamente animal,
inserta en la in-docta ignorancia de un pueblo obrero. Sin sortilegio
espiritual de ninguna especie. Por eso mismo, envidiable, paradisíaca”. Pero al
siguiente párrafo se contradice hablando de la superstición familiar de la
leyenda del “ángel de la guarda”. Su sarcasmo marca una sonrisa en nuestro
rostro lector.
Río
El capítulo referido al río cercano es
destacable para este orillero sin agua que escribe ahora. Un pueblo se debe a
sus aguas (o a sus vías, ¿por qué no? O su camino). Nuestro memorioso hace una
referencia poética e incurre en otra contradicción perdonable. Menciona que
antes de la fundación española no pisaron poetas estos suelos (aquellos de la
pampa, nosotros aquí estamos en las serranías, en las curvas de la geografía,
los relieves de suaves subidas y bajadas); decíamos que sin poetas previos
(grueso error) los nombres nativos de sus aguas son más poéticos que los
numerales españoles:
Primero
al Suquía, Segundo al Xanaes. Tercero al Calamochita (Ctalamochita), Cuarto al
Soco-Soco (Chocancharava) y Quinto al Popopis o Luluara. Al respecto cita al W.
Abbot, seguramente el teólogo ingles autor de la sátira matemática, que dice:
“Cuando se escudriña la historia de una región lo mejor que se encuentra es el
río”. Nuestra historia es macabra si consideramos que la sangre elemental,
nuestro orbe azul contaminado, muerto está desde el corazón del San Roque e
inerte sin vida, cual hemorragia fatal, desemboca en la Ansenuza. Un aguará
guazú nos observa desde sunchos ribereños allá anunciando su deceso y el
nuestro.
El Pueblo
Integrado por obreros y empleados del
ferrocarril, existían de varias nacionalidades. Gral Paz, siempre según nuestro
prolífico escritor, era un “mosaico de nacionalidades”; era barrio trabajador
no como el ocioso El Alto, el disperso El Abrojal o La Bomba de constantes
crónicas policiales.
Barrio de Plaza Alberdi, biblioteca y
almacenes Juan Filloy vivió y aprendió de la vida tras el mostrador familiar y
sus calles de cantos rodados. Recuerda experiencias y personajes sintiéndose
siempre de la clase obrera donde la solidaridad de sus padres estaba a la orden
del día con sus vecinos.
Final
Leerlo a Juan Filloy siempre es leer a un verborreico
cordobés de la palabra escrita que no se aburre entre voces que lleva el
viento, pobladas imágenes de su memoria y la hoja en blanco que se va nutriendo
de sus vivencias y lecturas.
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