Cascabelito
“¡Siempre lo mismo con este!” “¡Yo lo conozco,
siempre lo mismo!”. Sintió la aguja y el gel quemante entrando entre sus carnes y
los insectos fueron cayendo uno a uno al vacío interminable y oscuro de su ser desconocido.
La angustia es un saco de sorpresas y se asfixia en una bolsa de nailon. La soledad suele ser una multitud de voces.
Cuando pudo incorporarse sintió necesidad de estirar las piernas, se
levantó y, como nadie reparaba en él, salió lentamente al pasillo. Allí estaba
el sujeto de hace un rato y se acercó amable a preguntarle cómo se encontraba:
-Bien, la bolsa quedó acá?
-No sé de qué bolsa me hablas.
-Bueno, no se haga drama. Gracias igual.
-Te dijeron que ya podías salir? Preguntó con
cierta preocupación y predisposición a la ayuda aquel hombre.
-Sí -mintió nuestra herida social- justo estaba
saliendo; hasta luego y muchas gracias.
-No querés que te acerque a algún lado?
-No, muchas gracias. Me están esperando afuera
casualmente. Volvió a mentir nuestro llanto colectivo.
Al
salir del hospital rengueando por el inyectable, saludó al seguridad dando las
gracias por su ayuda y a los pocos pasos al cuidador de autos en la playa; a
los dos les aseguró que la atención recibida fue la mejor y que se retiraba
satisfecho con los servicios prestados. Al doblar por Catamarca pensó en las
Valles Calchaquíes que no conocía más que por alguna imagen televisiva y se
juró que no moriría sin conocerlos y rendir su sentido saludo al poeta Luis Franco
que tanto lo había acompañado con su respeto y amor por la agricultura y los
árboles:
Con hambre y
sed de soledad,
a estas orillas vino mi corazón nocturno a
pastorear sus penas.
Musitó y pensó que como Cuneo él también podría
arder en una plaza con el fuego helado de las infinitas profundidades de su
abandono. También comprendió que su renguear lo ponía en doble desventaja en la
carrera de este mundo suicida. Su angustia lo predisponía a una discapacidad no
declarada aún por los organismos. Al doblar en Maipú volvío a salir de la sala
de urgencia y el sujeto amable lo preguntó si había encontrado la bolsa.
-Sí, dijo él mostrando que llevaba el saco en su
espalda y el ruido del cascabelito lo preocupaba ante el delato con la Sra de
la jeringa.
Se marchaba
una vez más de las instituciones escapándose. Rengueaba. El pinchazo le había
dejado doliendo la nalga al caminar. Pensó que todos lo reconocerían por la
enorme bolsa sonora en el hombro. Al llegar nuevamente a Catamarca un grupo de
doctores regresaban al hospital y una lo saludó:
-¿Ya te vió la
psiquiatra?
-Sí, sí. Gracias. Sin detenerse. Ella lo
siguió mirando pudo comprobar por la amplitud de la visión ocular. Pensaba que
si esto de volver se repetía podía aprovecharlo para remediar errores. También
pensó que no estaba seguro de poder soportar una vida tan larga. Recordó que
hacía unos minutos pasaba por allí pensando en Cuneo cuando volvió a repetirse
su huida hospitalaria. Él como el poeta sanjuanino era agrícola del sol:
El sol y la tierra se
abrazan y allí nacen ternuras.
Dobló en Maipú
para apresurar perderse en la noche de una ciudad mucho más indiferente a esa
hora. En la esquina de Olmos, en la
Iglesia del Pilar, un linyera le pidió un cigarrillo. No tenía.
-¿Querés un trago? Ofreció el croto. Se sentó a su
lado y aceptó la caja. ¿En qué andas? Preguntó el dueño de la escalinata
cerrada.
-Nada, siempre ando. Tomó un trago más. Alguien
pasó y el otro pidió un cigarrillo. Esta vez consiguió y compartieron el pucho.
Entre los bultos del hombre se movió algo y recién ahí reconoció un perro a su
lado.
-¿Dónde vas?
-A mi casa. Vivo en una
pensión en realidad, con mi señora.
-¿Y qué haces?
-Todo, siempre hago. Se levantó, dio las
gracias y siguió rengueando con la bolsa sonora en su espalda. Sentía una papa
en el estómago y un nilón en la garganta. Sabía lo que era la convivencia con
los residuos de la humana humanidad. Una lata en la plantilla le permitía sentirse
vivo y actor del teatro callejero donde el guión lo escribía el Poder burlista;
él, el humillado del reparto. Dobló en 25 de mayo acostumbrado a doblar siempre
en la primer esquina, sabía que se corría el riesgo de caminar en redondo una y
otra vez, pero nunca una misma calle es la misma en la ciudad. En la Peatonal
un músico entonaba un tango con una guitarra de dos cuerdas. -Percanta que
me amuraste… en lo mejor de mi vida… dejándome el alma herida y cenizas en el
corazón.. Reconoció Mi Noche Triste de Pascual Contursi y se juró por honor al niño feliz que fue no
enloquecer, al menos no en la ciudad a la vista de todos.
Comenzó a
seguirlo un perro y supo que ese gesto divino sellaba su destino de paria.
Acarició al can diciendo: ¿Estamos más solos que la mierda, no? Te voy a
llamar Saco. Vamos Saco, la vida nos espera. Cuando cruzaba la Plaza San
Martín más seguro que nunca ya que no iba solo Saco tomó otro rumbo persuadido
de que con este nada hallaría. La marginación rubricó su soledad perenne. Pidió
un cigarrillo, pero ni siquiera se lo negaron. Llegó a su habitación, ella no
estaba. Se notaba que no había estado en todo el día. Seguramente había caído
en cana nuevamente. Todo por conseguir alimentos en los super para los dos.
En su silencio sé que estoy presente, pensó. Se fue durmiendo vestido
sobre el colchón en el piso seguro que ella volvería pronto y comerían.
Ingresar en el país de los sueños con angustia siempre es ingresar en la desdicha.
Los territorios dolosos son senderos de hierros puntudos, candentes,
herrumbrados. El abandono y derrumbe moral es ingente y cobran vida toda clase
de vergüenzas y terrores. Sofocado de calor y olores fabriles el encierro es de
mameluco y mordaza. El casco impide hablar con otros si los hubiera. La
maquinaria imaginaria también tiene picana y pornografía impuesta. Una a una se
caen las dos esperanzas y un alambre entra por los oídos buscando rasgar el
cerebro. Correr no siempre se puede, a
veces se corre, pero no se avanza. Uno quiere agarrar elementos para la
defensa, pero estos son incorpóreos materialmente; la visión es engañosa a
nosotros y complota. La puerta se abrió y ella entró con tres hombres con los
que fornicaba delante de él. Sus ojos eran rojos y sus miembros genitales
bochas cortantes con las que lastimaban a su compañera; ella pedía más y más
desfigurando el rostro y tornándose irreconocible; sólo conservaba el colgante
que él le regalara para su cumpleaños. Reían burlona y brutalmente. Sus
violencias produjeron fuego en sus manos y en el techo de la pequeña
habitación. Un aceite negro comenzó a correr por el piso de la pieza y barcos
llevando infernales que gritaban en idioma desconocido lo amenazaban y se reían
de su espanto. Todo fue peor cuando, los tres violadores, quisieron abrir su
bolsa sonora. Se despertó tiritando y con un grito. En la plaza aún la noche
era indiferente a las almas sufrientes.