(La de
Tejeda, la nuestra querido Martín)
Aldo X/19 *
A la hora de esgrimir razones que cimienten el templo
del saber pienso en la semilla fecundada bajo tierra por la luz que todo lo
atraviesa. El instante fundacional del sujeto pareciera ser el reconocerse
andar a tientas. En ese saberse ignoto, en la penumbra, la generosa claridad
acude y se gesta la amorosa conversación, el cándido diálogo entre la oscuridad
y la luz.
El presente libro
Un producto terminado como un libro (por ejemplo, este
que estoy presentando) es un producto tecnológico que servirá de pasatiempo o
calefacción. Llegar a él es un camino lento y maravilloso en este caso para mí
que lo vengo transitando desde la primera lectura de los versos del Poeta. Es
fácil y brota natural. Es agüita de manantial o gotita que se evapora, créanme:
tiene que ver con el regalo del Timo, la Vida, el Canto, Dios. Cada idea
elaborada y volcada al texto, cada oración escrita, leída y releída contiene
palabras rumiadas, cambiadas, elipsadas. La conciencia es indescriptible porque
es un traspaso de la materia a la emoción, de lo sólido a lo sutil, de la denso
a lo incorpóreo.
Hoy en Educación se habla
del Oficio del Estudiante porque es un aprender a hacer desde un sujeto
consciente que trae sus conocimientos. En mi caso me declaro un alumno
del Maestro Parfeniuk ya que soy un sin luz (alumno y su etimología es
esa) y es Él quien me la aporta. Sin miedo a exagerar afirmaré mi iluminismo
(bruto) que se esmaltea con cada lectura de los versos o ensayos de
nuestro Escritor.
La Lejana
Si reuniera a los seguidores de nuestro Poeta y
preguntara de sus libros seguramente todos podrían enumerarlos
cronológicamente, pero desconozco si todos sabrían de sus versos La Lejana;
es por ello que hablo de un “regalo” del Cielo, de la Luz. Ese poema es el
primero que leo y no figura en ninguno de sus materiales editados, es un texto
en la contratapa de un pequeño librito de otra poeta (Elisa Zanona); ellos
llegan a mis manos por medio de un ángel (qué otra cosa puede ser un chasqui
de Dios) que no podemos no nombrar, y a su oficio: Gonzalo Vaca Narvaja,
editor. En esa declaración, nuestro vate ofrece claves para el arraigo a la
vida a quien despréndese de ella corroído por la negritud de la caída solitaria
(que bajo este sistema mercantil se da en masa). Dichas claves son la no
renunciación a la Poesía, y para un agente del naufragio en plena urbe, para un
ahogado en la sequedad de la caricia del diálogo fraterno, para un deambulador
de las horas y recovecos agrios de la marginalidad, eso, es todo.
El lejano
Aldo Parfeniuk fue un poeta lejano, pero no alejado.
Cuando busqué contacto con Él se abrió a manos llenas cumpliendo su destino y
compromiso con Dios: el de ser entregador de versos, del término lumínico, la
sonrisa perfecta. No queda otra que vencer los miedos que buscan retrasarnos e
ingresar al cielo de su aliento escrito, puerta de entrada al gran paraíso de
la palabra madre.
*Aldo en la dedicatoria a puño que me escribiera para su libro Provincia
verde y espinosa. Ediciones Argos, Cba, 1991.
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