martes, 31 de diciembre de 2024

 

La bolsa de juguetes

 

     Salió y la noche le pareció impenetrable. Dio las gracias una vez más -siempre daba tantas gracias- y tomando coraje emprendió el rumbo: un coraje inconcluso. La bolsa repleta sonaba a sus pasos y los perros del barrio, que casi nunca dejaban de ladrar, esta vez, se lo hacían a él. Se metió en la cortada rumbo al kiosco de Moreno que estaba abierto hasta tarde. Al llegar los muchachones tomaban en la oscuridad mientras quemaban marihuana y seguramente las esperanzas aumentaban.   Uno que conocía (a todos conocía en realidad) se le acercó:

-Eh, hace tanto no se te veía! ¿En qué andás?

-Nada. Siempre ando.

     Pidió un cigarrillo suelto al vendedor y el otro se apuró a ofrecerle fuego.

     Al retirarse un poco volvió a preguntar buscando confidencia y bajando la voz:

-Dale! En qué andas?

-Nada. Lo mismo, siempre.

-Y qué llevas?

-Eh, Soledad, vení a tomar un trago! Se escuchó del tumulto oscuro, pero él reconoció la voz del Flaco Juárez. El otro volvió tenaz:

-Dale, en qué andas? Qué llevas?

-Me tengo que ir, dijo mirándolo a los ojos. La bolsa comenzó a vibrar cascabelitos y los perros volvieron a apuntar sus ladridos contra la sombra sonora que marchaba por el oscuro barrio obrero de Córdoba.

     Al llegar a la esquina de don Cajal escuchó tras la persiana cerrada un vinilo de Leo Dan; reconoció el girar del disco por la fritura del sonido. Escuchar ese pedazo de Santiago* en esa noche citadina de fracturas era una remembranza del olvido. La memoria debe ser muy valiente para sobrevivir, pensó.

     Fumaba en sus pasos campaniles y se pensó acompañado como la carreta de Romildo Risso*

-No necesito silencio, yo no tengo en qué pensar, murmuró entre dientes al tiempo que llegaba a la parada de colectivo y se detenía feliz de que aún no venga el bondi y pudiera terminar de fumar tranquilo.

     Al instante tiró el filtro y tuvo que aguardar bastante aún hasta la llegada del transporte. En esos momentos reflexionó que no hacía el frío que pensaba. La noche estaba linda, nublada, oscura, sin luna, agradable pensó; ni siquiera una pequeñita estrella que brille.

-Así es mi vida, una noche nublada, musitó. Escupió al piso y vio las luces que venían a las cuadras.

      Saludó al subir, pagó, dio las gracias y se fue al fondo. El chofer llevaba la radio y alcanzó a identificar el tema que decía:

“No habrá canción igual a esa que nunca haré. Y más allá del dolor, más allá del furor...” de Francisco Heredia. Repitió para sus adentros varias veces ya sin escuchar al cantor: No habrá canción igual a esa que nunca haré… No habrá canción igual a esa que nunca haré…

     Un golpe de calor lo sofocó y volvió a darse cuenta que no hacía frío. Abrió la ventanilla de par en par. Le pareció que la gente exageraba igual que él con el abrigo. Sintió ganas de volver a fumar a bocanadas. Necesitaba aire fresco y esas ganas contradictorias de humo y asfixia le llamó la atención, pero hacía un tiempo que vivía como un triángulo sin vértices, vivía como en la repetición de imágenes que nada tenían de deja vu, pues eran repeticiones donde él aún no llegaba al momento de memoria, metros antes se acercaba, pero al acercarse ya había sucedido el hecho  y él se encontraba entonces en otro tiempo, otros espacios, otras escenas que nada tenían que ver con su vida, eran ajenas y ese entrometimiento, segundos después del deja vu, lo extraviaba en la confusión. El calor aumentaba y comprendió que la falta de aire y el palpitar tenían que ver con su permanente angustia que pedía participación central en ese momento.

     En la radio ahora sonaba un tango que creía reconocer, pero quizás era otra de esas aproximaciones a sus propias experiencias, que terminaban en una vida ajena. Si pudiera identificar la música le daría seguridad. Si al menos la conductora radial dijera de quién se trataba la interpretación. El calor y las palpitaciones iban en aumento y tuvo que ponerse de pie para quedar visible ante el posible pedido de auxilio a los demás pasajeros.  Lluvia de estrellas de Osmar Maderna, pensó. ¡Claro, ese era el tango, y la tocata era de Jorge Arduh! ¡Eso era! ¡Sí, tengo razón! ¡Mis facultades volverán a su cauce! Pero no, el calor y los latidos se tornaban potentes. Los zumbidos iniciaban la enajenación de la radio y el ruido del motor demarcando una toma de poder. La entrada al ajeno mundo, que tan familiar le resultaba, parecía inevitable; la vecindad de la blancura le rememoró una vez más a Fijman*

     El colectivo dobló por Salta y él apretó el timbre. Bajó justo frente al Hospital de Urgencias. Se largó a caminar con grandes esfuerzos, lentitud y pesadez cuando divisó al cuidador de coches. Se acercó y quiso hablarle. Se tocó la garganta y el pecho. El hombre comprendió la falta de aire y le dijo “vamos” tomándolo del brazo. Le gritó al Seguridad de la entrada y juntos acompañaron al angustiado Papá Noel de los barrios hasta la Guardia. Un enfermero lo recibió y pasando una puerta, que daba a un pasillo y de ahí a una sala. Lo hizo sentar. Miraba a las personas en las camillas, sentía algunos gemidos de por lo menos dos internos. Creyó ver sábanas blancas y manchas de sangre. Lienzo blanco y manchas rojas se convirtieron en cuadros que giraban hacia él y la imagen de la noche nublada en la parada de colectivo junto al zumbón distorsionado de Lluvia de Estrellas de Arduh lo mareaban y sintió ganas de vomitar. Creyó escuchar la voz de una mujer que le decía al enfermero (eso lo percibió así) Qué espere. Pudo levantarse y salir al pasillo. Un hombre lo miró.

-La bolsa? Preguntó.

-Estás bien?

-Sí, sí. Creo que ya pasó.

El ventilador de pinturas había desaparecido. El calor de la siesta desolada del baldío también. Los latidos eran más lejanos y pausados, y los músicos en escena habían quedado mirándolo en suspenso. El silencio era reparador. El único espectador presente de la sala parecía ser él y la obra de un único y eterno acto otra vez reanudaba el ciclo.

     Se sentó en la curiosa y singular silla del pasillo, una silla que parecía dispuesta para el exclusivo actor trágico y absurdo del mundo. Empezó a frotarse las manos, un picor de leves pinchazos principió a vivir en su panal interno de celdas. Miró arriba el vértice confluyente de paredes y techo: estaba allí; el percibirlo era indicador de “normalidad” sujeta al sistema y su contrato. Las abejas ya volarían al mundo espiritual y dejarían paso a la no exposición en esta materialidad de pena y convivencia. Sin embargo el enjambre se lanzó a la colonización corporal y los antebrazos fueron territorio obtenido por picazones diversos y pinchazos de profundas espinas provenientes de cactus de brazos y piernas móviles y autónomos, espectros puneños conquistando a los abajeños intrusos de una cultura limitada y feroz. La colonia de reina, zánganos y obreras propulsaron su dominio hacia la parte superior de brazos, pecho, panza. Sus diez dedos no daban abasto con la defensa ante los proyectiles de aguijones y de pencas; volvió a buscar el vértice y no lo halló, una fugaz imagen de su amigo Pablo comentándole la difusión de relieves le anticipó la enajenación vivida y el latir potente en oídos lo introdujo en un campo de batallas donde él no podía dar ninguna entregándose al caos vibratorio de la nerviosidad. Sintió que lo bajaban de las paredes e intentaban sujetarlo y domesticar sus brincos excitados. Brazos que lo maniataban y limitaban sus aleteos también le aflojaban los pantalones. La voz de la Sra a mando gritaba que “¡Siempre lo mismo con este!” “¡Yo lo conozco, siempre lo mismo!”. Sintió la aguja y el gel quemante entrando entre sus carnes y los insectos fueron cayendo uno a uno al vacío interminable y oscuro de su desconocido ser. La angustia es un saco de sorpresas y se asfixia en una bolsa de nailon.  La soledad suele ser una multitud de voces.    

Martín Avalos

*Se refiere a la provincia de Santiago del Estero.

*Se refiere a la canción Los Ejes de mi Carreta del uruguayo Romildo Risso.

* Jacobo Fijman, poeta.


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