LOS
FANTASMAS DE AGUSTÍN
A José Agustín Rearte.
“Sálvame, y seré tuyo”. Esta frasecita,
simple para algunos, está cargada de significatividad para mí, y es célebre en
mi vida.
Su nombre es Agustín; vive, pero su historia, la que conozco al
menos, ya pasó.
Nació y se crió en una familia humilde y a
los 15 años se fue a buscar-encontrar sus sueños. Sueños que ignoro, ni él
sabía de qué se trataban.
Desde muy niño, y más aún en su
adolescencia, tuvo que luchar contra esa amarga sensación de soledad. “Los
fantasmas viene y se posan muy tranquilos y alegres en tu cabeza; esos
irrespetuosos usurpadores de la mente y el estado anímico que te perturban y te
quieren hacer matar”, me dijo en algunas (varias) oportunidades.
¿Y por dónde no anduvo este personaje tan
real? ¿Y qué no hizo este héroe tan fantástico?
Para comprender algunas cosas del actual
Agustín, es menester contar cosas del pasado Agustín. Empezaré retratándolo
físicamente pues serán de importancia estos datos: de 1,65 mts aproximadamente,
delgado medio consumido, cabello lacio negro hasta los hombros, y tez trigueña;
de personalidad simpática, agradable, un tanto comprador, solitario,
individualista-aislado-marginado-auto, de buen corazón, y de excesivos sueños.
En su desequilibrio, fruto de sus
tormentos, suponía que tenía
una bomba en la cabeza y que de
algún modo la tenía que sacar. Creía que su salvación sería una mujer, “una
M-U-J-E-R con todas las letras”, me dijo una (varias) veces.
En su búsqueda desesperada e impaciente
por hallar a la mentada M-U-J-E-R, se les acercaba a las damas (no importaba su
edad, bastaba que le inspiraran confianza, tenían que tener “ese algo maternal”,
me dijo una (varias) veces. Se les acercaba y les susurraba con miedo, muchas
veces, con vergüenza, algunas, con esperanza, demasiadas, y con
pena-bronca-resignación-desesperanza-abandono-etcétera, las restantes. Se les
acercaba y les decía. “Sálvame, y seré tuyo”. No esperaba una sonrisa, como le
sucedió, o un “Sí, te salvo”, o una cara de repudio, o una expresión de
sorpresa, o de asco, o de superioridad con insulto incluido, etcétera, no, él
esperaba algo que lo sorprenda en “esta vida que nada tiene para sorprenderme
ya, en medio de tanta agachada, incomprensión, puñal trasero, lanza en el
pecho, y navaja con tres filos. Nada me sorprendería más, que una mujer que me
sorprenda.”, me dijo una (varias) veces. Lo concreto es que pasaron tres
inviernos (mido el tiempo en inviernos, pues así “lo medimos en la calle, me
dijo una (varias) veces el reiterativo Agustín), y al fin el “ocupado destino,
que muchas veces se desentendió de mí, hizo que nos encontráramos”, dijo alguna
vez.
Fue una siesta de otoño con el sol
radiante. Fue en el Paseo Sobremonte con un sol que se convertiría en el más
radiante de su vida,
que la vio.
Sentado en un banco fumando él y ella que se sienta a su
lado. Él que la mira y la estudia, pues le inspira algo que no se da cuenta
qué, y ella que está ausente. Él que no se decide y ella que se para para irse
y él que se apresura, la toma del brazo y le dice con desesperación: “Sálvame y
seré tuyo”. Ella lo mira y al instante murmura: “¿Y por qué no me salvás vos?”.
Lo sorprendió.
Ese día se quedó a dormir en su casa y ya
no se marchó por el espacio de unos meses; hasta que una tarde, antes de hacer
el amor (pues imagínense cómo le hacía el amor ese desamparado y maltratado
muchacho a la causante de tanto amparo y excelente trato), decía que antes de
consumar el bellos acto, ella dijo: “Yo soy realista, bien realista” Él se
vistió y se marchó.
-“¡Realista! ¡A mí con
tremendo crimen! ¡Cómo vivir una fantasía con una realista! ¡Ase visto!”. Me
fundamentaba Agustín.
A pesar de su decepción con la
señorita-fulana, siguió con la fija idea de la bomba y la M-U-J-E-R salvadora.
Digo “fija idea” porque más que una obsesión aquello se había convertido (como
suele suceder en la existencia de los vagabundos) en la estrategia para seguir
viviendo y no desbarrancarse en la picada del alcohol y otros.
Una vez se sentó en la céntrica plaza San
Martín con un cartel que rezaba sin merodeos: “Busco la mujer que me salve,
presentarse YA, 10’ puede ser tarde. Muy tarde”. Uno señor con la vida de balde
y el desprecio a flor de piel se le acercó e increpó diciendo:
-¿Y qué buscás con
ésto?
-La mujer que me salve.
Contestó.
En la puerta de la Catedral, otra vez, con
un arma de juguete, se puso a disparar
al aire logrando sorpresa y desmesurada atención en su persona. “¡Busco la
mujer que me salve!”, gritaba el pobre desesperado encañonándose la sien y
encontrándose en las puertas de una locura tristísima: la de enloquecer lejos
de casa. El comisario, cuando lo dejaba en libertad, le preguntó:
- ¿Para qué hiciste eso
si no te podías matar?
-Para que alguien me
salve, contestó el atormentado.
Era una mañana de real crudo invierno cuando
nos conocimos. La noche anterior, él había caído detenido.
“Sabés qué julepe me
pegué loco. No sé si era el
hambre o el
frío loco. Qué julepe”. Estaba, me contó, sentado en La
Cañada cuando sintió cómo algo le entró en la cabeza y se le fue al pecho;
luego una fuerte picazón en las venas de los brazos, en las venas de las
piernas, en las venas de todo el cuerpo; dolor y pena; dolor y mucha pena;
mucha pena por él mismo. Sabía que todo terminaba, todo cambiaba, ya no sería
nada como antes; todo giraba, o nada giraba y él era el de las vueltas; los
colores comenzaron a volverse luminosos y lo segaban, y eso que se le había
metido por la cabeza y trasladado a su pecho y posteriormente a sus venas lo
estaba comiendo por dentro; la lengua en
el esófago, y el alma hecha una sola lágrima en una ciudad sorda y
ciega.
Sintió cómo lo cargaban en un coche y cómo
lo inyectaban; luego todo volvió a la normalidad.
Informaron a la policía, ésta a la
justicia; y a la mañana siguiente en un instituto correccional.
-Hola, me llamo Martín.
-Hola, yo soy Agustín.
Fue un encontrar el alma gemela. Un hallar
panacea al fin. Conocernos fue descubrir la anhelada paz, buscada tranquilidad
y perenne descanso. Fue la recompensa que estábamos reclamando.
Dos meses estuvimos juntos en ese
cautiverio, sintiendo que la vida nos arreglaba el asunto de una vez por todas.
Hace cuánto que ambos no teníamos con quién dialogar tan a gusto. Cuánto tiempo
privados habíamos estado del goce de la confidencia. Qué solos nos veía pasar
el mundo. ¿Por qué el abandono nos recogió como víctimas? Ya no importaba. Todo
finalizó, pensábamos.
-Te llegó el egreso
Martín –dijo uno del personal- en una semana estás fuera.
La misma boca del miedo, a ambos nos mordió
el alma. Del pecho brotaban
lágrimas. Un gris invierno cayó sobre nuestras mentes.
A la semana salí, y él se fugó. Todo nos
importaba un carajo.
En la calle, lo primero que hicimos fue
irnos a las sierras a vender algunas artesanías y consumir todo tipo de
porquerías; luego nos vio pasar la zona de cuyo, el norte argentino y volver
transitando el litoral.
Seis meses. El cuerpo me pedía un parate,
y la cabeza me gritaba un ¡Basta!
-Basta Agustín, esto se
acabó.
Supe que anduvo muy callado, tan callado
que podía escuchársele el dolor.
Y ese domingo comenzó la cuenta regresiva.
Estaba sentado, dentro de una caja de
vino, y sólo aguardaba la llegada de ese alguien que lo salvara. Alguien que le
extienda la mano. Alguien que lo mire a los ojos y le extienda la mano.
Esperaba una mano, sólo eso.
La psicología es algo asombroso, nos hace
ver cosas que no existen, y presos de un solipsismo, somos testigos de milagros
irrefutablemente ciertos. Cómo no creer que a Agustín, y su estado de neurosis,
lo asistiera la psicosis y en su mentecita apareciera un 20, y luego un 19, y
posteriormente un 18. Agustín se entretenía con esos números, jugando con esas
imágenes que nos proporcionan las drogas y su exceso, cuando en el momento que
el 11 se hizo 10 y más tarde 9, recordó lo de la bomba en su cabeza y
comprendió que el tiempo se le había terminado, y al no encontrar la salvación,
la soledad y su descuento inminente se hacían presentes para siempre.
Apareció el 5 y su desesperación
reaccionó. El 4, y se puso de pie. El 3, y comenzó a mirar buscando por todas
partes. El 2, y le gritó al mundo: “¡Qué alguien golpee a mi puerta...!”. El 1:
“¡No...!”
Hoy es martes y desde el domingo Agustín
se encuentra sentado en el puente peatonal que cruza el entramado ferroviario
de la estación Belgrano. La mirada extraviada en el vacío y en el tormento o
paz de una vida vuelta hacia adentro. Si alguien quiere conocerlo puede acudir
al lugar mencionado, ya di su descripción.
“Presentarse con urgencia, diez minutos puede ser tarde”, no porque vaya
a arrojarse, todo lo contrario, Agustín va a empezar a elevarse.
Martín Avalos
(1997)
Del libro Y Punto…
