sábado, 20 de febrero de 2021

 


LOS FANTASMAS DE AGUSTÍN

                                                  A   José Agustín Rearte.

 

     “Sálvame, y seré tuyo”. Esta frasecita, simple para algunos, está cargada de significatividad para mí, y es célebre en mi vida.

     Su nombre es Agustín;  vive, pero su historia, la que conozco al menos, ya pasó.

     Nació y se crió en una familia humilde y a los 15 años se fue a buscar-encontrar sus sueños. Sueños que ignoro, ni él sabía de qué se trataban.

     Desde muy niño, y más aún en su adolescencia, tuvo que luchar contra esa amarga sensación de soledad. “Los fantasmas viene y se posan muy tranquilos y alegres en tu cabeza; esos irrespetuosos usurpadores de la mente y el estado anímico que te perturban y te quieren hacer matar”, me dijo en algunas (varias) oportunidades.

     ¿Y por dónde no anduvo este personaje tan real? ¿Y qué no hizo este héroe tan fantástico?

     Para comprender algunas cosas del actual Agustín, es menester contar cosas del pasado Agustín. Empezaré retratándolo físicamente pues serán de importancia estos datos: de 1,65 mts aproximadamente, delgado medio consumido, cabello lacio negro hasta los hombros, y tez trigueña; de personalidad simpática, agradable, un tanto comprador, solitario, individualista-aislado-marginado-auto, de buen corazón, y de excesivos sueños.

     En su desequilibrio, fruto de sus tormentos, suponía  que  tenía  una  bomba en la cabeza y que de algún modo la tenía que sacar. Creía que su salvación sería una mujer, “una M-U-J-E-R con todas las letras”, me dijo una (varias) veces.

     En su búsqueda desesperada e impaciente por hallar a la mentada M-U-J-E-R, se les acercaba a las damas (no importaba su edad, bastaba que le inspiraran confianza, tenían que tener “ese algo maternal”, me dijo una (varias) veces. Se les acercaba y les susurraba con miedo, muchas veces, con vergüenza, algunas, con esperanza, demasiadas, y con pena-bronca-resignación-desesperanza-abandono-etcétera, las restantes. Se les acercaba y les decía. “Sálvame, y seré tuyo”. No esperaba una sonrisa, como le sucedió, o un “Sí, te salvo”, o una cara de repudio, o una expresión de sorpresa, o de asco, o de superioridad con insulto incluido, etcétera, no, él esperaba algo que lo sorprenda en “esta vida que nada tiene para sorprenderme ya, en medio de tanta agachada, incomprensión, puñal trasero, lanza en el pecho, y navaja con tres filos. Nada me sorprendería más, que una mujer que me sorprenda.”, me dijo una (varias) veces. Lo concreto es que pasaron tres inviernos (mido el tiempo en inviernos, pues así “lo medimos en la calle, me dijo una (varias) veces el reiterativo Agustín), y al fin el “ocupado destino, que muchas veces se desentendió de mí, hizo que nos encontráramos”, dijo alguna vez.

     Fue una siesta de otoño con el sol radiante. Fue en el Paseo Sobremonte con un sol que se convertiría en el más radiante de  su  vida,  que  la  vio.  Sentado  en  un banco fumando él y ella que se sienta a su lado. Él que la mira y la estudia, pues le inspira algo que no se da cuenta qué, y ella que está ausente. Él que no se decide y ella que se para para irse y él que se apresura, la toma del brazo y le dice con desesperación: “Sálvame y seré tuyo”. Ella lo mira y al instante murmura: “¿Y por qué no me salvás vos?”. Lo sorprendió.

     Ese día se quedó a dormir en su casa y ya no se marchó por el espacio de unos meses; hasta que una tarde, antes de hacer el amor (pues imagínense cómo le hacía el amor ese desamparado y maltratado muchacho a la causante de tanto amparo y excelente trato), decía que antes de consumar el bellos acto, ella dijo: “Yo soy realista, bien realista” Él se vistió y se marchó.

-“¡Realista! ¡A mí con tremendo crimen! ¡Cómo vivir una fantasía con una realista! ¡Ase visto!”. Me fundamentaba Agustín.

 

     A pesar de su decepción con la señorita-fulana, siguió con la fija idea de la bomba y la M-U-J-E-R salvadora. Digo “fija idea” porque más que una obsesión aquello se había convertido (como suele suceder en la existencia de los vagabundos) en la estrategia para seguir viviendo y no desbarrancarse en la picada del alcohol y otros. 

     Una vez se sentó en la céntrica plaza San Martín con un cartel que rezaba sin merodeos: “Busco la mujer que me salve, presentarse YA, 10’ puede ser tarde. Muy tarde”. Uno señor con la vida de balde y el desprecio a flor de piel se le acercó e increpó diciendo:

-¿Y qué buscás con ésto?

-La mujer que me salve. Contestó.

     En la puerta de la Catedral, otra vez, con un arma de juguete,  se puso a disparar al aire logrando sorpresa y desmesurada atención en su persona. “¡Busco la mujer que me salve!”, gritaba el pobre desesperado encañonándose la sien y encontrándose en las puertas de una locura tristísima: la de enloquecer lejos de casa. El comisario, cuando lo dejaba en libertad, le preguntó:

- ¿Para qué hiciste eso si no te podías matar?

-Para que alguien me salve, contestó el atormentado.

 

   Era una mañana de real crudo invierno cuando nos conocimos. La noche anterior, él había caído detenido.

“Sabés qué julepe me pegué loco. No sé si  era  el  hambre  o  el  frío  loco.  Qué julepe”. Estaba, me contó, sentado en La Cañada cuando sintió cómo algo le entró en la cabeza y se le fue al pecho; luego una fuerte picazón en las venas de los brazos, en las venas de las piernas, en las venas de todo el cuerpo; dolor y pena; dolor y mucha pena; mucha pena por él mismo. Sabía que todo terminaba, todo cambiaba, ya no sería nada como antes; todo giraba, o nada giraba y él era el de las vueltas; los colores comenzaron a volverse luminosos y lo segaban, y eso que se le había metido por la cabeza y trasladado a su pecho y posteriormente a sus venas lo estaba comiendo por dentro; la lengua en  el esófago, y el alma hecha una sola lágrima en una ciudad sorda y ciega.

     Sintió cómo lo cargaban en un coche y cómo lo inyectaban; luego todo volvió a la normalidad.

     Informaron a la policía, ésta a la justicia; y a la mañana siguiente en un instituto correccional.

-Hola, me llamo Martín.

-Hola, yo soy Agustín.

     Fue un encontrar el alma gemela. Un hallar panacea al fin. Conocernos fue descubrir la anhelada paz, buscada tranquilidad y perenne descanso. Fue la recompensa que estábamos reclamando.

 

     Dos meses estuvimos juntos en ese cautiverio, sintiendo que la vida nos arreglaba el asunto de una vez por todas. Hace cuánto que ambos no teníamos con quién dialogar tan a gusto. Cuánto tiempo privados habíamos estado del goce de la confidencia. Qué solos nos veía pasar el mundo. ¿Por qué el abandono nos recogió como víctimas? Ya no importaba. Todo finalizó, pensábamos.

-Te llegó el egreso Martín –dijo uno del personal- en una semana estás fuera.

     La misma boca del miedo, a ambos nos  mordió  el  alma. Del pecho brotaban lágrimas. Un gris invierno cayó sobre nuestras mentes. 

 

     A la semana salí, y él se fugó. Todo nos importaba un carajo.

      En la calle, lo primero que hicimos fue irnos a las sierras a vender algunas artesanías y consumir todo tipo de porquerías; luego nos vio pasar la zona de cuyo, el norte argentino y volver transitando el litoral.

     Seis meses. El cuerpo me pedía un parate, y la cabeza me gritaba un  ¡Basta!

-Basta Agustín, esto se acabó.

     Supe que anduvo muy callado, tan callado que podía escuchársele el dolor.

     Y ese domingo comenzó la cuenta regresiva.

 

     Estaba sentado, dentro de una caja de vino, y sólo aguardaba la llegada de ese alguien que lo salvara. Alguien que le extienda la mano. Alguien que lo mire a los ojos y le extienda la mano. Esperaba una mano, sólo eso.

     La psicología es algo asombroso, nos hace ver cosas que no existen, y presos de un solipsismo, somos testigos de milagros irrefutablemente ciertos. Cómo no creer que a Agustín, y su estado de neurosis, lo asistiera la psicosis y en su mentecita apareciera un 20, y luego un 19, y posteriormente un 18. Agustín se entretenía con esos números, jugando con esas imágenes que nos proporcionan las drogas y su exceso, cuando en el momento que el 11 se hizo 10 y más tarde 9, recordó lo de la bomba en su cabeza y comprendió que el tiempo se le había terminado, y al no encontrar la salvación, la soledad y su descuento inminente se hacían presentes para siempre.

     Apareció el 5 y su desesperación reaccionó. El 4, y se puso de pie. El 3, y comenzó a mirar buscando por todas partes. El 2, y le gritó al mundo: “¡Qué alguien golpee a mi puerta...!”. El 1: “¡No...!”

 

     Hoy es martes y desde el domingo Agustín se encuentra sentado en el puente peatonal que cruza el entramado ferroviario de la estación Belgrano. La mirada extraviada en el vacío y en el tormento o paz de una vida vuelta hacia adentro. Si alguien quiere conocerlo puede acudir al lugar mencionado, ya di su descripción.  “Presentarse con urgencia, diez minutos puede ser tarde”, no porque vaya a arrojarse, todo lo contrario, Agustín va a empezar a elevarse.

                                                      

Martín Avalos

 (1997)

Del libro Y Punto…

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