EL ALBA de Afredo Martinez Howard, de su Libro de ausencias y de adioses. Burnichón Editor 1963
EL ALBA
Extraño, nuevo amanecer,
tan tímido,
tan íntimo,
tan Este mío,
con una alondra muda
reptando como el miedo de un héroe
con el tiempo que invade apenas
para no matar o herir
ese revés de las estrellas,
su azogue, el de mi alma
para espejar lo eterno.
Amanecer como el de un día preparado
oara la víspera de un dios,
ensimismado, secreto,
claridad hacia un profundo diamante de la tierra.
¿En qué raíces tiemblas, tierra cansada y misteriosa?
¿Qué umbela nueva nos presagias
y qué deseas corregir
agregando a tu fuego y a tu historia
la luz de un alba fugitiva?
¿Y por qué fugitiva
si el tiempo no es el tiempo
cuando despierta en lo maravillado?
(Fausto ¿qué me respondes
entre arcanos y oráculos?
Y tú Ofelia, tu magia
bajo los organdíes de la espuma
y tú, Leonardo, luego
de equilibrar el alma en el silencio
de tu propia sonrisa?).
Lo pregunto a tu luz porque Dios no contesta.
(Pecaminoso por haber sembrado
un busque entero, el del saber,
la vida está temblando y llora).
Yo me enrosco a un árbol divino.
Esmeralda terrestre
¿qué destello o esencia tuya
quieres dar a mis ojos
cansados del milagro de las resurrecciones,
hastiado de jardines?
Luz como una serpiente hermosa
predestinada a las raíces del manzano.
¿Qué orden hacia una tentación nueva te obliga?
¿Qué redondez, qué seno para una caricia ignorada?
La noche sigue intacta.
Sulamita salvaje, sin un presentimiento
la he visto en el capullo de su crepúsculo
y no amanece, no amanece.
Hay en tu entraña terrenal otra noche de bodas para Eva.
Pero yo, hombre, respondo
en medio de una distracción de lo eterno
al prodigio de esta nueva luz enterrada
despertando el pecado
para que Dios lo asuma
-Dios, ese Dios cargado de pecados-
aunque su dedo eterno, con su anillo de abejas
me niegue el nuevo paraíso.
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