La bolsa de
juguetes
Salió y la noche le pareció impenetrable.
Dio las gracias una vez más -siempre daba tantas gracias- y tomando
coraje emprendió el rumbo: un coraje inconcluso. La bolsa repleta sonaba
a sus pasos y los perros del barrio, que casi nunca dejaban de ladrar, esta vez,
se lo hacían a él. Se metió en la cortada rumbo al kiosco de Moreno que estaba
abierto hasta tarde. Al llegar los muchachones tomaban en la oscuridad mientras
quemaban marihuana y seguramente las esperanzas aumentaban. Uno que conocía (a todos conocía en realidad)
se le acercó:
-Eh, hace tanto no se te veía!
¿En qué andás?
-Nada. Siempre ando.
Pidió un cigarrillo suelto al vendedor y
el otro se apuró a ofrecerle fuego.
Al retirarse un poco volvió a preguntar buscando
confidencia y bajando la voz:
-Dale! En qué andas?
-Nada. Lo mismo, siempre.
-Y qué llevas?
-Eh, Soledad,
vení a tomar un trago! Se escuchó del tumulto oscuro, pero él
reconoció la voz del Flaco Juárez. El otro volvió tenaz:
-Dale, en qué andas? Qué llevas?
-Me tengo que ir, dijo mirándolo
a los ojos. La bolsa comenzó a vibrar cascabelitos y los perros volvieron a
apuntar sus ladridos contra la sombra sonora que marchaba por el oscuro barrio
obrero de Córdoba.
Al llegar a la esquina de don Cajal
escuchó tras la persiana cerrada un vinilo de Leo Dan; reconoció el girar del
disco por la fritura del sonido. Escuchar ese pedazo de Santiago* en esa
noche citadina de fracturas era una remembranza del olvido. La memoria debe
ser muy valiente para sobrevivir, pensó.
Fumaba en sus pasos campaniles y se pensó
acompañado como la carreta de Romildo Risso*
-No necesito silencio, yo
no tengo en qué pensar, murmuró entre dientes al tiempo que llegaba a
la parada de colectivo y se detenía feliz de que aún no venga el bondi y pudiera
terminar de fumar tranquilo.
Al
instante tiró el filtro y tuvo que aguardar bastante aún hasta la llegada del
transporte. En esos momentos reflexionó que no hacía el frío que pensaba. La
noche estaba linda, nublada, oscura, sin luna, agradable pensó; ni
siquiera una pequeñita estrella que brille.
-Así es mi vida, una noche nublada, musitó. Escupió
al piso y vio las luces que venían a las cuadras.
Saludó al subir, pagó, dio las gracias y se fue al fondo. El chofer
llevaba la radio y alcanzó a identificar el tema que decía:
“No habrá canción igual a esa que nunca haré. Y
más allá del dolor, más allá del furor...” de Francisco Heredia. Repitió para sus adentros
varias veces ya sin escuchar al cantor: No habrá canción igual a esa que
nunca haré… No habrá canción igual a esa que nunca haré…
Un
golpe de calor lo sofocó y volvió a darse cuenta que no hacía frío. Abrió la
ventanilla de par en par. Le pareció que la gente exageraba igual que él con el
abrigo. Sintió ganas de volver a fumar a bocanadas. Necesitaba aire fresco y
esas ganas contradictorias de humo y asfixia le llamó la atención, pero hacía
un tiempo que vivía como un triángulo sin vértices, vivía como en la repetición
de imágenes que nada tenían de deja vu, pues eran repeticiones donde él
aún no llegaba al momento de memoria, metros antes se acercaba, pero al acercarse
ya había sucedido el hecho y él se
encontraba entonces en otro tiempo, otros espacios, otras escenas que nada
tenían que ver con su vida, eran ajenas y ese entrometimiento, segundos después
del deja vu, lo extraviaba en la confusión. El calor aumentaba y
comprendió que la falta de aire y el palpitar tenían que ver con su permanente
angustia que pedía participación central en ese momento.
En
la radio ahora sonaba un tango que creía reconocer, pero quizás era otra de
esas aproximaciones a sus propias experiencias, que terminaban en una vida
ajena. Si pudiera identificar la música le daría seguridad. Si al menos la
conductora radial dijera de quién se trataba la interpretación. El calor y las
palpitaciones iban en aumento y tuvo que ponerse de pie para quedar visible
ante el posible pedido de auxilio a los demás pasajeros. Lluvia de estrellas de Osmar Maderna, pensó.
¡Claro, ese era el tango, y la tocata era de Jorge Arduh! ¡Eso era! ¡Sí,
tengo razón! ¡Mis facultades volverán a su cauce! Pero no, el calor y los
latidos se tornaban potentes. Los zumbidos iniciaban la enajenación de la radio
y el ruido del motor demarcando una toma de poder. La entrada al ajeno mundo,
que tan familiar le resultaba, parecía inevitable; la vecindad de la blancura
le rememoró una vez más a Fijman*
El
colectivo dobló por Salta y él apretó el timbre. Bajó justo frente al Hospital
de Urgencias. Se largó a caminar con grandes esfuerzos, lentitud y pesadez cuando
divisó al cuidador de coches. Se acercó y quiso hablarle. Se tocó la garganta y
el pecho. El hombre comprendió la falta de aire y le dijo “vamos” tomándolo del
brazo. Le gritó al Seguridad de la entrada y juntos acompañaron al angustiado
Papá Noel de los barrios hasta la Guardia. Un enfermero lo recibió y pasando
una puerta, que daba a un pasillo y de ahí a una sala. Lo hizo sentar. Miraba a
las personas en las camillas, sentía algunos gemidos de por lo menos dos
internos. Creyó ver sábanas blancas y manchas de sangre. Lienzo blanco y
manchas rojas se convirtieron en cuadros que giraban hacia él y la imagen de la
noche nublada en la parada de colectivo junto al zumbón distorsionado de Lluvia
de Estrellas de Arduh lo mareaban y sintió ganas de vomitar. Creyó escuchar
la voz de una mujer que le decía al enfermero (eso lo percibió así) Qué
espere. Pudo levantarse y salir al pasillo. Un hombre lo miró.
-La bolsa? Preguntó.
-Estás bien?
-Sí, sí. Creo que ya pasó.
El ventilador de pinturas había desaparecido.
El calor de la siesta desolada del baldío también. Los latidos eran más lejanos
y pausados, y los músicos en escena habían quedado mirándolo en suspenso. El
silencio era reparador. El único espectador presente de la sala parecía ser él
y la obra de un único y eterno acto otra vez reanudaba el ciclo.
Se
sentó en la curiosa y singular silla del pasillo, una silla que parecía
dispuesta para el exclusivo actor trágico y absurdo del mundo. Empezó a
frotarse las manos, un picor de leves pinchazos principió a vivir en su panal
interno de celdas. Miró arriba el vértice confluyente de paredes y techo:
estaba allí; el percibirlo era indicador de “normalidad” sujeta al sistema y su
contrato. Las abejas ya volarían al mundo espiritual y dejarían paso a la no
exposición en esta materialidad de pena y convivencia. Sin embargo el enjambre se
lanzó a la colonización corporal y los antebrazos fueron territorio obtenido
por picazones diversos y pinchazos de profundas espinas provenientes de cactus
de brazos y piernas móviles y autónomos, espectros puneños conquistando a los
abajeños intrusos de una cultura limitada y feroz. La colonia de reina,
zánganos y obreras propulsaron su dominio hacia la parte superior de brazos,
pecho, panza. Sus diez dedos no daban abasto con la defensa ante los
proyectiles de aguijones y de pencas; volvió a buscar el vértice y no lo halló,
una fugaz imagen de su amigo Pablo comentándole la difusión de relieves le
anticipó la enajenación vivida y el latir potente en oídos lo introdujo en un
campo de batallas donde él no podía dar ninguna entregándose al caos vibratorio
de la nerviosidad. Sintió que lo bajaban de las paredes e intentaban sujetarlo
y domesticar sus brincos excitados. Brazos que lo maniataban y limitaban sus
aleteos también le aflojaban los pantalones. La voz de la Sra a mando gritaba
que “¡Siempre lo mismo con este!” “¡Yo lo conozco, siempre lo mismo!”.
Sintió la aguja y el gel quemante entrando entre sus carnes y los insectos
fueron cayendo uno a uno al vacío interminable y oscuro de su desconocido ser. La
angustia es un saco de sorpresas y se asfixia en una bolsa de nailon. La soledad suele ser una multitud de voces.
Martín Avalos
*Se refiere a la
provincia de Santiago del Estero.
*Se refiere a la canción Los
Ejes de mi Carreta del uruguayo Romildo Risso.
* Jacobo Fijman,
poeta.


