Metáfora del abandono *
A
los desilusionados, o ilusionados en vano.
Dicen muchas cosas y se dirán más. Dicen,
por ejemplo, que esta misma narración cargada de verdad biográfica fue
publicada hace más de 20 años en forma de relato literario y que tenía muchas
alteraciones en los hechos. Dicen también, que Pluma vive actualmente en una
cueva de montaña entregado a la Luz y nadie puede dar con él para contagiarse.
Existen multitud de excursiones buscando hallar el sitio preciso de su nirvana;
peregrinos del mundo entero acuden a las sierras cordobesas en busca del Ser
Lumínico: El Muchacho de los juguetes. Lo últimos días de Él en la ciudad,
dicen, que esto fue lo que vivió:
-Lo siento pibe, pero así se mueve la
política laboral en este mundo; adaptate, no queda otra. De todos modos,
cualquier cambio te llamamos a tu casa.
-A la pensión
señor; vivo en una pensión.
-Sí, sí pibe,
a la pensión.
Salió del
despacho-oficina-arruina vidas y comenzó a vagar al garete, sin rumbo vivo, con
rumbo parco, rumbo destructivo. “Qué carajos hago sin laburo; qué hago”. Además
de solo se sentía abandonado, desamparado sin amparo. Qué hacer en una
situación así. Qué hacer en un estado así. Fue a la plaza, donde siempre. Ella
quizás estaría pensando en él, pensó; debía cuidarse, por ella. Su razonamiento
y entrega era por ella. Dios valoraba ese sentimiento. Él aún no vivía por él
mismo, porque el barro no tiene amor propio (o quizás sí); ni siquiera tenía el
amor propio que el barro sí tiene por sí mismo: tierra seca esparcida al
viento. Naylon reseco por el sol en la rueda de un vehículo. Ni del transporte
público de pasajeros era digo. Caminaba. El cielo lo llamaba. Pensaba en irse
allí definitivamente. Miraba la copa de los árboles ¿No querrían eso ellos? Se
sentó al llegar.
Por primera vez se sintió de más en aquel
lugar. En realidad, se sintió que ni ése era su lugar. Se sintió sobrante en el
mundo social.
Caminó volviendo al deambule mientras el
mediodía se hacía presente una vez más, indiferente a las
individualidades-particulares-de cada uno.
“Del problema hacer un entresijo y
mamársela solo; solito. A lo macho; machito”.
Caminó por Tribunales dando vuelta a la
manzana. Volvió y se sentó en el césped de la Plaza de la Intendencia. Miró el
monumento a los héroes de Malvinas: unos seis hombrotes cargando
una gran bandera
argentina, y pensó en que esos patovicas deben ser la idealización de
los menuditos pibes, más chicos que él, que fueron los verdaderos grandes que
cayeron allá en las islas.
Pensaba eso, y pensaba su desamparo, y en
ese momento, y en ese estado anímico, les encontró algo en común. La masacre de
Cromañón también pasó por su mente y se instaló en su arrugada e inflamada
alma.
Se le acercó una piba que cargaba con la
misma cantidad de años que él, pero que fueron vividos de muy distintas
maneras. La relación cantidad-calidad fue, era, es, diferente.
-Hola, ¿Tenés
fuego?
-No- dijo él.
-Ah, bueno, gracias-
hizo una pausa- Qué lindo día ¿no?
-Sí- dijo él.
Volvió la
pausa…
-Chau, nos
vemos.
-...- dijo él
con la cabeza.
“Voy a hablar con Roberto -pensaba- que me
dé laburo en la verdulería, por la guita del alquiler, después veremos la
comida. Iría al mercado ya que a él no le gusta hacer las compras. Sí, sí, la
Marta por ahí se apiada de mí. ¿Por qué no me querrá? Soy un trapo que nunca
digo nada. Debe sospechar que la juzgo”. Un vacío volvió a cubrirlo y pensó que
moría. Nadie se daba cuenta. Él moría y nadie se percataría hasta muchas horas
después. Pero eso no importaba, lo que sí dolía era que él moría y nadie lo sabía.
Cerró los ojos y esperó la muerte…Luego
los abrió.
Miró los vendedores de La Luciérnaga, que
también limpian vidrios y ofrecen cubanitos en la esquina de La Cañada, y pensó
que tal vez podría hablar con la gente de la revista y con eso pagar la
pensión. Siempre había hecho de todo para bancarse solo; lo haría esta vez,
aunque el país anduviera mal para los pobres.
Se levantó y cruzó donde los pibes
laburantes.
-Hola.
-Hola.
Contestaron a secas los chicos, mitad desconfiados del muchacho, mitad alertas.
-¿Dónde queda
La Luciérnaga?
-Por acá
derecho, cuatro-cinco cuadras.
-Gracias.
-...- Contestaron con la cabeza.
En el camino cruzó a un
señor con boina verde, cubanitos, revistas y unos libros. ¿Por acá queda La
Revista?
-Algún
día te llevaré
a
recorrer los caminos de mi mente
pasaremos
por el yugo de mis recuerdos
y
te besarán los pies,
mis
locos, mis guerreros
mis
amantes, mis fantasmas
sabrás
porqué no pude ser Rey,
pero
tampoco esclavo
te
mostraré los infiernos y los paraísos
en
donde estuve de rehén
y
te enseñaré
a
jugar con fuego sin quemarte
y
a morder
el
costado más sabroso de la manzana*
El Cabezón Sotelo de marchó a robar el sol
de La cañada y 27. Pucha que lo seguiría, pero él no me adoptaría.
Caminaba y vio la
vereda más ancha que otras veces, al igual que la calle. Se dio cuenta que
todo, ese día, era más ancho, más largo, más grande, más lejano, más ajeno.
Pasó por una pizzería y se acrecentó su
“exposismo”.
-Hola, ¿acá
es La Revista?
-Sí, qué
deseas.
-Quiero,
pensé que tal vez...
Qué haría si hasta acá encontraba las
puertas cerradas. Regresaba paria. Tal vez cuando volviera en una semana para
ver qué posibilidades tenía, le fuera mejor. Nuevamente en la plaza y en el
césped. Vio una hormiga abriéndose paso por entre esa selva, y la sintió más
dichosa que él; o menos desgraciada.
Otra vez en medio de esa desolación y
quietud del espíritu, se acordó de ella. Tal vez en medio de un mal momento, si
nos da este tiempo para la reflexión, se nos cruza algún buen recuerdo. Tal vez
un mecanismo de defensa que ejecuta la mente en servicio del estado de ánimo
para subsanar y sobrellevar el trance. Ella
no estaba, pero lo estaría pronto, lo sabía.
Miró al Perro
Santillán, así le decía él al linyera que vivía en una bolsa en esa plaza. El
Perro, parado en lo alto de los respiraderos de la playa de estacionamiento
subterránea, blasfemaba y juzgaba a los funcionarios del Palacio 6 de julio,
que no lo escuchaban dentro de sus oficinas de la municipalidad. Tampoco los
empleados de tribunales escapaban a sus injurias fundamentadas.
“Pobre loco -pensó- Pobre el mundo con
hijos abandonados, aunque tengan cuarenta años. ¿Qué diferencia existe entre La
Casa Cuna, el Consejo del Menor y un geriátrico? En todos éstos lugares hay
gente que se orina en la cama, estamos los que esperamos a... a alguien”.
Recordó al Ángel Morocho. Sintió sosiego.
-¡Hola!,
¿Todavía acá?
-Sí, ¿querés
fuego de nuevo?
-¿Por qué
pensás que quien te viene a hablar te va a pedir algo?
-No sé- dijo
él dudando.
-Parece que
estás acostumbrado a que el mundo te use.
-Capaz- dijo
y se quedó pensando.
-Bueno, yo no
te pido nada, y es más, te ofrezco un mate ¿querés?
-Bueno.
Matearon y charlaron un poco sobre sus
biografías. Ella contó que era de Mendoza, que había viajado mucho y que sí era
verdad que su ciudad era la más limpia del país.
-Lo bueno, creo -opinó él- es
que, con esa fama, la gente se
esmera en cuidarla. Acá tendríamos que tenerla de solidarios; esos pibes ya
hubieran vendido todos los cubanitos y revistas, y un grupo se aliarían al
Perro Santillán.
En eso le crujió la panza.
-¿Tenés
hambre?
-No -dijo
avergonzado-
-Sí, sí
tenés. Ya vengo.
Cruzó a la
panadería y trajo unos criollitos para paliar la hambruna.
Ella siguió diciendo que: tenía veinte
años, que hace dos estaba en Córdoba, que estudiaba psicología, que le gustaba
entender las conductas humanas de la gente común, que le gustaba escuchar la
radio, música árabe, y alguna otra cosita más, dijo.
-¿Y vos?
-Nada, estaba
acá pensando.
-¿Y qué estudiás?
-No, sólo
trabajo -dijo como pidiendo disculpas.
-¿Y en qué
trabajás?
-Ahora en nada. Tal vez en una verdulería dentro de poco; si mi
amigo me da el trabajo.
-¿Querés que
calentemos el agua?
-...-respondió
con los hombros y un puchero.
La chica vivía a unas cuadras y para allá
fueron.
-¡Qué linda casa! -dijo tímido después de decir “permiso” cuando
entraba.
-Es un
departamento, no una casa, tonto -medio chacotona- una casa tiene patio.
-Al lado de la pieza en la que vivo, ésta es una casa.
Ella lo miró con pena
maternal. Él la miró con pena de etapa censorio-motor Ella lo miró amante. Él la miró con pena de etapa censorio-motor.
Sentate si querés.
-Bueno,
gracias -murmuró, y se quedó parado.
Se asomó a la
puerta-ventana y dijo:
-¡Qué lindo
balcón!
-...? -lo
miraba y sonreía de su humildad.
-¡Y las
flores, qué lindas!
-...? -lo
miraba y sonreía de su ingenuidad.
-¡Y la vista,
qué linda!
-...? -lo
miraba y sonreía de su bondad.
-Es tan
distinta tu vista a la mía.
-...? -y
sonreía de su desamparo y su bondad.
Se dio
vuelta, la miró. Se miraron...
-¿Y si en vez
de tomar mates, tomamos una cerveza?
-Bueno.
-¿A todo
decís “bueno”?
-...-levantó
los hombros y ella pensó en comerlo a besos.
Se sentaron a la mesa: una cerveza, dos
vasos, el cenicero, los puchos, y se miraron. Ella, pícara, se hizo la que
silbaba.
-Bueno…
-golpecitos de las manos en la mesa- ¿escuchamos música?
-Bueno. Ella
sonrió.
Puso algún caset de
música árabe e imitó a una odalisca
en unos pasos;
se avergonzó, tal vez, sonrió y
se sentó; a él casi se le rompe el alma: ¡era tan linda, tan traviesa, tan
juguetona! “Un bomboncito”, pensó.
Tomaron una cerveza, dos; pidió ir al
baño. “Pasa”. “Gracias”. Y pensaba: “Qué me habrá visto. No tengo un mango, me
daría vergüenza pararme al lado de ella en la parada de colectivo. Ella es
inteligente: estudia para psicóloga; es linda, ¡tiene un cuerpo!; debe tener
mucha guita para vivir en una casa así, sola; es tan independiente. Será que
encima es una mina buenaza. ¡Qué locura!, lo tiene todo y yo nada; aunque con
una persona así al lado. ¡Va! dejate de joder, pensar estas cagadas; una mina
así nunca va a darte bola”. Cuando abrió la puerta del baño ella estaba parada
ahí.
-Pasá-dijo él
saliendo vergonzoso mientras ella se apresuró a entrar y quedaron los dos bajo
el marco frente a frente unos segundos; él disparó rápido y fue al comedor.
“Qué boludo,
cómo no la besé”.
Ella volvió y buscó un disco.
-¿Querés
comer algo? No sé, si querés cocinar.
-Sí, sí-
contestó entusiasmado.
-Revisá a ver
qué hay y hacé como te parezca. Yo voy a comprar vino ¿ah?
“¿Ah?”, ¡qué
bonita!
-Sí, sí -otra
vez entusiasmado. Entusiasmado y feliz.
Se las ingenió para encontrar los
utensilios y se puso a amasar una pizza; se sentía tan bien, pero tan bien.
“Qué levante ni que levante, ella pinta para amiga, y una amiga de fierro, de
esas que no te abandonan jamás, buenaza”. Ella volvió con una botella de vino.
-¿Tinto está
bien?
-Está bien.
-Sí, me
imaginaba que ibas a decir eso.
-¿Si?
Ella sonrió. Él sonrió. Y sinceramente un jardín de flores y
colores cálidos giro a su alrededor.
-¿Sabés cómo
te gustaría Mendoza; conocés?
-No
-Cómo te gustaría.
-Y sí -dijo
un poco con desgano.
-Eh!, no
pongas esa carita, nene triste -y le tocaba la mejilla- para el verano podemos
ir.
-¿Si?!-
entusiasmadísimo.
-Sí- le tocó
la mano llena de harina. Se le acercó. Se frenó. Escondió su cara angelical. Él
la levantó tomándole la pera, y en el momento en que se acercaban sus bocas
juveniles, llenas de vida y vital energía, el mundo pareció detenerse. Y se
detuvo. Mientras lo único en movimiento eran sus labios, sus lenguas, sus
salivas: la fiesta de la vida había comenzado.
Ella lo besaba; él se sentía contenido.
Ella le acariciaba la cabeza; él se sentía contenido. Ella le sobaba la
espalda; él se sentía contenido. Ella lo empezó a guiar hacia la pieza, lo
besaba, lo tocaba; él no daba más de la contención. Se tiraron a la cama, le
sacó su camisa y su remera y quedó en corpiños. Le sacó las botas, él se apresuró
con sus medias; juntos primero su pantalón, luego el de ella; se desangraban en
besos con la respiración excitadísima y ¡boom!
-Pará, voy al
baño.
-Bueno...
Ella entró y antes le dedicó una de las
miradas más prometedoras que haya visto en su vida de desamparo que acababa de
terminar. Prendió un cigarrillo, se miró las manos enharinadas y corrió a la
cocina a lavarse; tomó la botella y volvió presuroso a la habitación.
“Juh!
-pensaba- esto sí que es dicha”. Se miró las manos, estaban limpias; fumó, se
miró recostado como estaba y se avergonzó de su erección; se tapó sus partes
con la sábana, bebió un trago, pitó de nuevo el cigarrillo, y sintió como
galopaba su pecho. “¡La puta, qué lindo che!”
-¡Sabés qué,
el mundo me importa un carajo! -le dijo acostado, con el alcohol un poco subido
a la cabeza- Un carajo el laburo ese, y un carajo el laburo aquél. Ya voy a
conseguir algo. Un carajo también Roberto, y más todavía su mujer. Y en el
verano, cuando vayamos a Mendoza, quiero conocer a tu familia, porque no te
dije, pero no tengo familia, estoy más solo que la mierda. ¡Estaba! más solo
que la mierda...
Pitó, un trago, pito de nuevo y...
-¿Si querés
pongo música?, ¡no, mejor así!
Hablaba casi gritando.
“¿Por qué se
demora tanto?”, prendió otro cigarrillo, tomó un trago, se levantó y se arrimó
a la puerta.
-¿Estás bien? ¡Ey! Ya sé, te dio vergüenza. No seas tonta, vení,
que todo hasta ahora está genial. ¡Ey!
Preocupado abrió la puerta. El golpe que recibió fue tremendo: La ventana
abierta, nadie en el cuarto, la cortina blanca flameaba dejando ver la oscura
noche en la ciudad.
Dos semanas después, lo vieron arriba de
un árbol, queriendo mimetizarse con el Ser Arbóreo y llegar al cielo.
*Los habitantes del abismo, Horacio “Cabezón” Sotelo.