jueves, 15 de mayo de 2025

 



Metáfora del abandono *

                                           A los desilusionados, o ilusionados en vano.

 

     Dicen muchas cosas y se dirán más. Dicen, por ejemplo, que esta misma narración cargada de verdad biográfica fue publicada hace más de 20 años en forma de relato literario y que tenía muchas alteraciones en los hechos. Dicen también, que Pluma vive actualmente en una cueva de montaña entregado a la Luz y nadie puede dar con él para contagiarse. Existen multitud de excursiones buscando hallar el sitio preciso de su nirvana; peregrinos del mundo entero acuden a las sierras cordobesas en busca del Ser Lumínico: El Muchacho de los juguetes. Lo últimos días de Él en la ciudad, dicen, que esto fue lo que vivió:

 

     -Lo siento pibe, pero así se mueve la política laboral en este mundo; adaptate, no queda otra. De todos modos, cualquier cambio te llamamos a tu casa.

-A la pensión señor; vivo en una pensión.

-Sí, sí pibe, a la pensión.

 

     Salió del despacho-oficina-arruina vidas y comenzó a vagar al garete, sin rumbo vivo, con rumbo parco, rumbo destructivo. “Qué carajos hago sin laburo; qué hago”. Además de solo se sentía abandonado, desamparado sin amparo. Qué hacer en una situación así. Qué hacer en un estado así. Fue a la plaza, donde siempre. Ella quizás estaría pensando en él, pensó; debía cuidarse, por ella. Su razonamiento y entrega era por ella. Dios valoraba ese sentimiento. Él aún no vivía por él mismo, porque el barro no tiene amor propio (o quizás sí); ni siquiera tenía el amor propio que el barro sí tiene por sí mismo: tierra seca esparcida al viento. Naylon reseco por el sol en la rueda de un vehículo. Ni del transporte público de pasajeros era digo. Caminaba. El cielo lo llamaba. Pensaba en irse allí definitivamente. Miraba la copa de los árboles ¿No querrían eso ellos? Se sentó al llegar.

 

     Por primera vez se sintió de más en aquel lugar. En realidad, se sintió que ni ése era su lugar. Se sintió sobrante en el mundo social.

 

     Caminó volviendo al deambule mientras el mediodía se hacía presente una vez más, indiferente a las individualidades-particulares-de cada uno.

 

     “Del problema hacer un entresijo y mamársela solo; solito. A lo macho; machito”.

 

     Caminó por Tribunales dando vuelta a la manzana. Volvió y se sentó en el césped de la Plaza de la Intendencia. Miró el monumento a los héroes de Malvinas: unos seis hombrotes  cargando   una   gran   bandera   argentina, y pensó en que esos patovicas deben ser la idealización de los menuditos pibes, más chicos que él, que fueron los verdaderos grandes que cayeron allá en las islas.

     Pensaba eso, y pensaba su desamparo, y en ese momento, y en ese estado anímico, les encontró algo en común. La masacre de Cromañón también pasó por su mente y se instaló en su arrugada e inflamada alma.

 

     Se le acercó una piba que cargaba con la misma cantidad de años que él, pero que fueron vividos de muy distintas maneras. La relación cantidad-calidad fue, era, es, diferente.

 

-Hola, ¿Tenés fuego?

-No- dijo él.

-Ah, bueno, gracias- hizo una pausa- Qué lindo día ¿no?

-Sí- dijo él.

Volvió la pausa…

-Chau, nos vemos.

-...- dijo él con la cabeza.

 

     “Voy a hablar con Roberto -pensaba- que me dé laburo en la verdulería, por la guita del alquiler, después veremos la comida. Iría al mercado ya que a él no le gusta hacer las compras. Sí, sí, la Marta por ahí se apiada de mí. ¿Por qué no me querrá? Soy un trapo que nunca digo nada. Debe sospechar que la juzgo”. Un vacío volvió a cubrirlo y pensó que moría. Nadie se daba cuenta. Él moría y nadie se percataría hasta muchas horas después. Pero eso no importaba, lo que sí dolía era que él moría y nadie lo sabía.

 

     Cerró los ojos y esperó la muerte…Luego los abrió.

     Miró los vendedores de La Luciérnaga, que también limpian vidrios y ofrecen cubanitos en la esquina de La Cañada, y pensó que tal vez podría hablar con la gente de la revista y con eso pagar la pensión. Siempre había hecho de todo para bancarse solo; lo haría esta vez, aunque el país anduviera mal para los pobres.

 

     Se levantó y cruzó donde los pibes laburantes.

 

-Hola.

-Hola. Contestaron a secas los chicos, mitad desconfiados del muchacho, mitad alertas.

-¿Dónde queda La Luciérnaga?

-Por acá derecho, cuatro-cinco cuadras.

-Gracias.

-...- Contestaron con la cabeza.

 

     En el camino cruzó a un señor con boina verde, cubanitos, revistas y unos libros. ¿Por acá queda La Revista?

 

-Algún día te llevaré

a recorrer los caminos de mi mente

pasaremos por el yugo de mis recuerdos

y te besarán los pies,

mis locos, mis guerreros

mis amantes, mis fantasmas

sabrás porqué no pude ser Rey,

pero tampoco esclavo

te mostraré los infiernos y los paraísos

en donde estuve de rehén

y te enseñaré

a jugar con fuego sin quemarte

y a morder

el costado más sabroso de la manzana*

     El Cabezón Sotelo de marchó a robar el sol de La cañada y 27. Pucha que lo seguiría, pero él no me adoptaría.

 

     Caminaba y vio la vereda más ancha que otras veces, al igual que la calle. Se dio cuenta que todo, ese día, era más ancho, más largo, más grande, más lejano, más ajeno.

 

     Pasó por una pizzería y se acrecentó su “exposismo”.

 

-Hola, ¿acá es La Revista?

-Sí, qué deseas.

-Quiero, pensé que tal vez...

 

     Qué haría si hasta acá encontraba las puertas cerradas. Regresaba paria. Tal vez cuando volviera en una semana para ver qué posibilidades tenía, le fuera mejor. Nuevamente en la plaza y en el césped. Vio una hormiga abriéndose paso por entre esa selva, y la sintió más dichosa que él; o menos desgraciada.

 

     Otra vez en medio de esa desolación y quietud del espíritu, se acordó de ella. Tal vez en medio de un mal momento, si nos da este tiempo para la reflexión, se nos cruza algún buen recuerdo. Tal vez un mecanismo de defensa que ejecuta la mente en servicio del estado de ánimo para subsanar y sobrellevar el trance.  Ella no estaba, pero lo estaría pronto, lo sabía.

 

     Miró al Perro Santillán, así le decía él al linyera que vivía en una bolsa en esa plaza. El Perro, parado en lo alto de los respiraderos de la playa de estacionamiento subterránea, blasfemaba y juzgaba a los funcionarios del Palacio 6 de julio, que no lo escuchaban dentro de sus oficinas de la municipalidad. Tampoco los empleados de tribunales escapaban a sus injurias fundamentadas.

 

     “Pobre loco -pensó- Pobre el mundo con hijos abandonados, aunque tengan cuarenta años. ¿Qué diferencia existe entre La Casa Cuna, el Consejo del Menor y un geriátrico? En todos éstos lugares hay gente que se orina en la cama, estamos los que esperamos a... a alguien”. Recordó al Ángel Morocho. Sintió sosiego.

 

-¡Hola!, ¿Todavía acá?

-Sí, ¿querés fuego de nuevo?

-¿Por qué pensás que quien te viene a hablar te va a pedir algo?

-No sé- dijo él dudando.

-Parece que estás acostumbrado a que el mundo te use.

-Capaz- dijo y se quedó pensando.

-Bueno, yo no te pido nada, y es más, te ofrezco un mate ¿querés?

-Bueno.

 

     Matearon y charlaron un poco sobre sus biografías. Ella contó que era de Mendoza, que había viajado mucho y que sí era verdad que su ciudad era la más limpia del país.

-Lo     bueno, creo      -opinó él-      es   que, con   esa fama, la gente se esmera en cuidarla. Acá tendríamos que tenerla de solidarios; esos pibes ya hubieran vendido todos los cubanitos y revistas, y un grupo se aliarían al Perro Santillán.

 

     En eso le crujió la panza.

-¿Tenés hambre?

-No -dijo avergonzado-

-Sí, sí tenés. Ya vengo.

Cruzó a la panadería y trajo unos criollitos para paliar la hambruna.

 

     Ella siguió diciendo que: tenía veinte años, que hace dos estaba en Córdoba, que estudiaba psicología, que le gustaba entender las conductas humanas de la gente común, que le gustaba escuchar la radio, música árabe, y alguna otra cosita más, dijo.

 

-¿Y vos?

-Nada, estaba acá pensando.

-¿Y qué estudiás?

-No, sólo trabajo -dijo como pidiendo disculpas. 

-¿Y en qué trabajás?

-Ahora en nada. Tal vez en una verdulería dentro de poco; si mi amigo me da el trabajo.

-¿Querés que calentemos el agua?

-...-respondió con los hombros y un puchero.

 

     La chica vivía a unas cuadras y para allá fueron.

-¡Qué linda casa! -dijo tímido después de decir “permiso” cuando entraba.

-Es un departamento, no una casa, tonto -medio chacotona- una casa tiene patio.

-Al lado de la pieza en la que vivo, ésta es una casa.

 

     Ella lo miró con pena maternal. Él la miró con pena de etapa censorio-motor Ella lo miró amante.  Él la miró con pena de etapa censorio-motor.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                        

  

     Sentate si querés.

-Bueno, gracias -murmuró, y se quedó parado.

Se asomó a la puerta-ventana y dijo:

-¡Qué lindo balcón!

-...? -lo miraba y sonreía de su humildad.

-¡Y las flores, qué lindas!

-...? -lo miraba y sonreía de su ingenuidad.

-¡Y la vista, qué linda!

-...? -lo miraba y sonreía de su bondad.

-Es tan distinta tu vista a la mía.

-...? -y sonreía de su desamparo y su bondad.

Se dio vuelta, la miró. Se miraron...

-¿Y si en vez de tomar mates, tomamos una cerveza?

-Bueno.

-¿A todo decís “bueno”?

-...-levantó los hombros y ella pensó en comerlo a besos.

 

     Se sentaron a la mesa: una cerveza, dos vasos, el cenicero, los puchos, y se miraron. Ella, pícara, se hizo la que silbaba.

-Bueno… -golpecitos de las manos en la mesa- ¿escuchamos música?

-Bueno. Ella sonrió.

     Puso algún caset de música árabe e imitó a una odalisca  en  unos  pasos;  se  avergonzó, tal vez, sonrió y se sentó; a él casi se le rompe el alma: ¡era tan linda, tan traviesa, tan juguetona! “Un bomboncito”, pensó.

 

     Tomaron una cerveza, dos; pidió ir al baño. “Pasa”. “Gracias”. Y pensaba: “Qué me habrá visto. No tengo un mango, me daría vergüenza pararme al lado de ella en la parada de colectivo. Ella es inteligente: estudia para psicóloga; es linda, ¡tiene un cuerpo!; debe tener mucha guita para vivir en una casa así, sola; es tan independiente. Será que encima es una mina buenaza. ¡Qué locura!, lo tiene todo y yo nada; aunque con una persona así al lado. ¡Va! dejate de joder, pensar estas cagadas; una mina así nunca va a darte bola”. Cuando abrió la puerta del baño ella estaba parada ahí.

-Pasá-dijo él saliendo vergonzoso mientras ella se apresuró a entrar y quedaron los dos bajo el marco frente a frente unos segundos; él disparó rápido y fue al comedor.

“Qué boludo, cómo no la besé”.

 

     Ella volvió y buscó un disco.

 

-¿Querés comer algo? No sé, si querés cocinar.

-Sí, sí- contestó entusiasmado.

-Revisá a ver qué hay y hacé como te parezca. Yo voy a comprar vino ¿ah?

“¿Ah?”, ¡qué bonita!

-Sí, sí -otra vez entusiasmado. Entusiasmado y feliz.

 

     Se las ingenió para encontrar los utensilios y se puso a amasar una pizza; se sentía tan bien, pero tan bien. “Qué levante ni que levante, ella pinta para amiga, y una amiga de fierro, de esas que no te abandonan jamás, buenaza”. Ella volvió con una botella de vino.

 

-¿Tinto está bien?

-Está bien.

-Sí, me imaginaba que ibas a decir eso.

-¿Si?

 

Ella sonrió. Él sonrió. Y sinceramente un jardín de flores y colores cálidos giro a su alrededor.

 

-¿Sabés cómo te gustaría Mendoza; conocés?

-No

-Cómo te gustaría.

-Y sí -dijo un poco con desgano.

-Eh!, no pongas esa carita, nene triste -y le tocaba la mejilla- para el verano podemos ir.

-¿Si?!- entusiasmadísimo.

-Sí- le tocó la mano llena de harina. Se le acercó. Se frenó. Escondió su cara angelical. Él la levantó tomándole la pera, y en el momento en que se acercaban sus bocas juveniles, llenas de vida y vital energía, el mundo pareció detenerse. Y se detuvo. Mientras lo único en movimiento eran sus labios, sus lenguas, sus salivas: la fiesta de la vida había comenzado.

 

     Ella lo besaba; él se sentía contenido. Ella le acariciaba la cabeza; él se sentía contenido. Ella le sobaba la espalda; él se sentía contenido. Ella lo empezó a guiar hacia la pieza, lo besaba, lo tocaba; él no daba más de la contención. Se tiraron a la cama, le sacó su camisa y su remera y quedó en corpiños. Le sacó las botas, él se apresuró con sus medias; juntos primero su pantalón, luego el de ella; se desangraban en besos con la respiración excitadísima y ¡boom!

 

-Pará, voy al baño.

-Bueno...

 

     Ella entró y antes le dedicó una de las miradas más prometedoras que haya visto en su vida de desamparo que acababa de terminar. Prendió un cigarrillo, se miró las manos enharinadas y corrió a la cocina a lavarse; tomó la botella y volvió presuroso a la habitación. 

 

“Juh! -pensaba- esto sí que es dicha”. Se miró las manos, estaban limpias; fumó, se miró recostado como estaba y se avergonzó de su erección; se tapó sus partes con la sábana, bebió un trago, pitó de nuevo el cigarrillo, y sintió como galopaba su pecho. “¡La puta, qué lindo che!”

 

-¡Sabés qué, el mundo me importa un carajo! -le dijo acostado, con el alcohol un poco subido a la cabeza- Un carajo el laburo ese, y un carajo el laburo aquél. Ya voy a conseguir algo. Un carajo también Roberto, y más todavía su mujer. Y en el verano, cuando vayamos a Mendoza, quiero conocer a tu familia, porque no te dije, pero no tengo familia, estoy más solo que la mierda. ¡Estaba! más solo que la mierda...

     Pitó, un trago, pito de nuevo y...

-¿Si querés pongo música?, ¡no, mejor así!

     Hablaba casi gritando.

“¿Por qué se demora tanto?”, prendió otro cigarrillo, tomó un trago, se levantó y se arrimó a la puerta.

-¿Estás bien? ¡Ey! Ya sé, te dio vergüenza. No seas tonta, vení, que todo hasta ahora está genial. ¡Ey!            

 

      Preocupado abrió la puerta.  El golpe que recibió fue tremendo: La ventana abierta, nadie en el cuarto, la cortina blanca flameaba dejando ver la oscura noche en la ciudad.

    

     Dos semanas después, lo vieron arriba de un árbol, queriendo mimetizarse con el Ser Arbóreo y llegar al cielo.

 

 

 

 

 

 

*Los habitantes del abismo, Horacio “Cabezón” Sotelo.                                                                             

 


Pluma

  

  Miró al Cielo buscando encontrar a Dios y lo vio con su rostro celeste y brillante: el hierro comenzó a derretirse en la tibieza de la ternura divina y el Hermano Sol le palmeó la espalda…

 

     Las paredes blancas desdibujando líneas y distancias le activo la memoria celular y supo que había vuelto a ese estado, a esos territorios pasados; al futuro perenne de su desamparo. Las sábanas blancas y la almohada tibia fueron sosiego y abrazándose a ellas en un bollo único de descanso y paz se volvió a dormir hasta media mañana.

 

     -Pluma, volviste. Levantate que vas a desayunar; buena falta te hace. Dijo El Ángel Morocho.

 

     Lo ayudó al quitarle el suero. -Tres sachet fueron. Tenés que bajar de la nube pa! El Ángel Morocho era uno de los pocos seres que le daban cariño y esperanza. Era la segunda o tercera vez que se veían. Lo tomó del brazo y lo llevaba al comedor en un paseo eterno al que daban siempre el primer paso. Así estuvieron toda la mañana levantándose de la cama y dando el primer pasito. Pluma volvía siempre a ese estado capturado en su Alma y pretendía la eternidad del afecto y la amistad.

 

     Recordaba haber buceado en una taza de mate cocido dulce y calentito. Recordaba palabras fraternas de El Ángel Morocho y sentía dicha, pero nuevamente caminaba por el centro de la ciudad en busca de su bolsa, de su cascabelito, de su saco, de su perro, de su amor. El Benteveo le iba marcando la senda a seguir y al ingresar a la Biblioteca Córdoba supuso que ya no saldría de allí.

    

     Se dirigió al baño y luego a la sala infantil. Del estante sacó Las dos naranjas y leyó:

 

A Eulalia, mi vaca,

le puse corona

de trébol y alfalfa.

Ella alza los ojos

y mira que mira,

queriendo comerla…

 

No quiere ser reina

mi vaquita Eulalia!

 

         Entró a La Casa Azul y Edith Vera le tendió un mate. _-Eulalia nunca quiso ni cargos administrativos ni de jerarquía. Nadie sabe, pero Eulalia era reina y solo quería sol y pasto. ¡Agua también! Jajaja… Y reía radiante en su profundidad. Él le hubiera confesado su amor fiel, pero temió el rechazo. Cerró la puerta y en el citroen de la entrada dejó un papelito con un mensaje. El Benteveo volvió a señalar la senda del retorno, su eterno retorno. -Hay un lugar para nosotros, pensó.

 

     -Son voces que siguen sonando, sólo eso. Pero el Sr. En la parada de colectivo ni siquiera lo miraba. -Mucho menos un abrazo, ¿verdad? Y la vio. Doblaba la esquina de San José de Calazán y Bv Ilía. Iba acompañada de un muchacho (seguramente un amigo). ¡Corrió a su encuentro! Subió por Calazán y observó que entraban a media cuadra. Casi los alcanza, veloz con una energía vital suero más dicha. Llegó, pero era un lote vacío de esos que, con grandes carteles, limitan la visión hacia su interior. Adentro comenzaba una construcción de gran envergadura. Grupos de hierros del 20 verticalmente evidenciaban futuras columnas de gran porte. Tuvo dos caballetes de esos hierros, herencia de su suegro, allá, en su felicidad.

 

     No entendía por dónde habían entrado; no se veía ninguna chapa suelta. Por entre ellas miraba y sólo un desierto inmobiliario y puñados de hierros clavados. Sobre una de esas hebras de montaña se posó el Benteveo y con el pico hacia la derecha lo miraba con su ojo izquierdo. Vaya paradoja política de la realidad. Voló con alas de plumas y patitas de algodón en una metáfora de ilusión.

 

     Después de quince días aún seguía en el cordón de la vereda del frente de las chapas. Esperaba verla salir o entrar nuevamente. Quince días al decir de los vecinos que le acercaban alimentos y algún juguete ya que veían que le gustaban mucho los de todo tipo. Quince días al decir de los vecinos porque él vivía en un constante pasado y presente según boletos de emociones y sentimientos. Sentimientos más bien.

 

     En la cuadra tuvimos la oportunidad y bendición de experimentar mucha ternura. Pluma nos trajo dulzura esos días. Todos, quien más quien menos, tuvimos una vivencia de amor en esa porción de tiempo. Ojalá volviéramos a vivirla; pero Pluma ya no está y nosotros estamos muy ocupados derrochando tiempo y vida.  

 

     De un edificio de la cuadra, de una oficina estatal, bajaba regularmente un Señor de saco, parches en los codos, pantalón jeen, zapatos y portafolios. En una oportunidad al verlo a Pluma sentadito con su bolsa, cascabelitos, juguetes, perro y Benteveo le obsequió un pequeño yunque. Un pisapapeles que era sacapuntas. Una reliquia del mundo obrero, hijo. Ojalá te sirva.

 

     -El mundo obrero construye un mundo para nosotros, pero hay quienes lo venden y no tengo plata para pagar mi amor, Señor. Lo guardaré Señor de la voz en la que confiar, lo guardaré.

 

     Intercambiaron charlas, juguetes y silencios. El Señor del Portafolios, o simplemente un Maestro rural encerrado en la ciudad, le presentó a un amigo que dejaría grandes huellas en la cuadra también; lo recuerdo como si fuera hoy cuando lo vimos bajar de una nube traído por dos zorzales y cuatro colibríes más un montón de gorriones. El Monje Etéreo trajo La Bendición y La Buena Nueva de Siempre a Nuestro Pequeño Ser del Cordón en forma de Villancico que todos cantamos:

 

Deja que tu pesebre

sellos mis labios pisen

fuentes mis ojos rieguen

ojos el alma miren.**

 

     -Pero Cenobita del Lugar Más Alto ni pesebre tengo. Indigno soy de tu mirada celestial.

 -En tu inmensa estrechura

lo grande miro humilde

lo circunscripto breve

postrado lo terrible.**

 

     -Siento que mi dicha es inmerecida a tus palabras y a las del Grande y Querido Maestro. Me hacen sentir muy apreciado, pero indigno soy, yo que sólo barro vivo. Gracias por la empatía Maestros. Quizás el recuerdo de sus palabras hoy entibie mi noche.

 

     Los diálogos en los que participaban los tres Seres de Luz eran motivo de convocatoria vecinal de toda la cuadra. Los chispazos de sus voces, palabras, y pausas eran una reivindicación del sagrado reposo. Pero un amanecer Pluma ya no estaba. Algunos juguetes quedaron cual guardianes de la pura existencia y tierna estadía. Volvimos a nuestra muerta rutina añorando el retorno del abandono que nos calentara tibio. Dicen que ella salió un anochecer y subió a un auto de vidrios negros. Dicen que uno de los juguetes rompió en llanto y luego volvió a su realidad inerte para siempre. Dicen, también, que Pluma se encuentra pegado al techo de una habitación blanca, lejos de las sábanas y la almohada.

 

 

 

 

*Las dos naranjas, poemario de Edith Vera, poeta cordobesa.

 

 

**"Soliloquios al Niño Dios, en el Día de Navidad, en su Pesebre". Este fragmento de obra está considerada como la primera poesía religiosa argentina y de ella se realizó un villancico.  Fue escrito por Luis José de Tejeda y Guzmán (1604—1680), un cordobés, hijo de cordobeses, considerado el primer poeta argentino. La presente versión extraída del libro “Peregrino en Babilonia” Ed. Juan Roldán, Bs As, 1916.

 



Saco

 

     Se despertó tiritando y con un grito. En la plaza aún la noche era indiferente a las almas sufrientes. Volvió a dormirse acostumbrado a despertar en cualquier lado, a caminar sin rumbo, y ahora a volver en el tiempo. Se abrazó a algo, podía ser una piedra, un tronco. Ese algo se movió, podía ser un perro, una persona; se quedó abrazado dando protección al ser: había descubierto que hasta las bolsas de basuras merecían cuidados. El abandono no era para él producto de unos que abandonan a otros sino de todos colectivamente: el abandonado abandona y se abandona, las desigualdades económicas no tenían nada que ver con este asunto. Algunos están abandonados dentro del restaurant, otros fuera.

     Se despertó luego con el día y sintió que era una hermosa mañana para vivirla. La bomba del pecho se convirtió en metralleta en su cabeza y la verborragia en sus labios le proporcionaría alimentos: hoy comería.  

     Fue a tomar agua del pico porque su hambruna era ingente e insoportable. Se peinó utilizando el mismo líquido celestial y volvió al departamento; ella tendría que haber regresado, pero al cruzar a los Héroes de Malvinas volvió a sentir en el esternón el antiguo lonkomeo de los abuelos sureños y se arrodilló a orar a la mapú: perdónanos Pachamama. Para él esos grandotes patovicas de la plaza de la Intendencia eran la idealización de los menuditos norteños y sureños que llevaron a las islas con maltratos y engaños; nunca se perdonaría haber nacido poco antes del conflicto bélico y tener escasos cuatro años en ese abril del 82’. Su plegaria de culpa llegaba al fin bajo un sol que calentaba los remordimientos. Saludó y dio las gracias por la escucha; los Héroes le dijeron Volvé.

     Llegó a Cañada y pudo observar cómo cuatro policías corrían por debajo de esta a un joven descalzo y en cuero que los esquivaba como si estuvieran jugando al viejito en el recreo de la escuela. El joven los serpenteaba y se reía, los uniformados se chocaban entre sí haciendo un ridículo institucional ante los ciudadanos que miraban desde lo alto de la pirca. Por fin pudieron agarrarlo y la paliza que comenzaron a darle era abusiva y la vergüenza y rabia se apoderó de todos nosotros. Comenzamos a gritarles que pararan. Ellos ensordecidos en su resentimiento solo golpeaban con sus puños en la cabeza del flacucho que ya no oponía resistencia. Apareció una camioneta y subieron el cuerpo fláccido. Un trapo quedó en el suelo, imaginó que bien podría ser un pedazo de piel y pensó en el poeta leproso del Paraguay. También Saco iba

-¿Dónde?

-Voy al Valle donde duerme el alma del silencio, quiero calma;

mucho mal me hizo el mundo hasta morderme como un áspid

-¿Quién habla?

-De la vida un peregrino que ya grande el alma de tanto sufrir tiene y bien transida la materia…

A Manuel Ortiz Guerrero se le cayó la carne, pero nunca la dignidad, sentenció.

      Se encaminó a la pensión tratando de superar el ánimo. Nada podía hacer por el muchacho de la golpiza, nada podía hacer por Guerrero, nada podía hacer por nadie más que orar al cielo y al suelo. Llegaba a la altura de la puerta de los departamentos cuando vio que ella bajaba las escaleras y se volteaba esperando y hablando con alguien: ¡No lo podía creer! ¡Era él mismo! Vio cómo se abrazaban y las nucas de los dos se alejaban en un punto en fuga de su soledad. Se sentó en la Cañada a tratar de entender: ahora no sólo podía ir al pasado, sino que al futuro y en simultaneo consigo mismo. Un pulular de cucarachas comenzó a roer la médula de los huesos de las piernas queriendo escapar y el zapallo del pecho fue de hierro. Miró al Cielo buscando encontrar a Dios y lo vio con su rostro celeste y brillante: el hierro comenzó a derretirse en la tibieza de la ternura divina y el Hermano Sol le palmeó la espalda, entonces comprendió que sólo debía cruzar y esperar adentro de la pieza. Se acomodó el saco y se lanzó a la calle.

       Al llegar a la puerta de reja bajaba don Hugo el portero y al reconocerlo se quiso volver adentro.

     -Eh! Don Hugo, espere! Vengo a verla a ella!

     Don Hugo volvió a la reja, sus manos se juntaron allí...

     -Pibe, entendé, hace cuatro años que te digo que ella no vive más aquí.

 

Martín Darío Avalos 17 de febrero de 2025