jueves, 15 de mayo de 2025

 



Metáfora del abandono *

                                           A los desilusionados, o ilusionados en vano.

 

     Dicen muchas cosas y se dirán más. Dicen, por ejemplo, que esta misma narración cargada de verdad biográfica fue publicada hace más de 20 años en forma de relato literario y que tenía muchas alteraciones en los hechos. Dicen también, que Pluma vive actualmente en una cueva de montaña entregado a la Luz y nadie puede dar con él para contagiarse. Existen multitud de excursiones buscando hallar el sitio preciso de su nirvana; peregrinos del mundo entero acuden a las sierras cordobesas en busca del Ser Lumínico: El Muchacho de los juguetes. Lo últimos días de Él en la ciudad, dicen, que esto fue lo que vivió:

 

     -Lo siento pibe, pero así se mueve la política laboral en este mundo; adaptate, no queda otra. De todos modos, cualquier cambio te llamamos a tu casa.

-A la pensión señor; vivo en una pensión.

-Sí, sí pibe, a la pensión.

 

     Salió del despacho-oficina-arruina vidas y comenzó a vagar al garete, sin rumbo vivo, con rumbo parco, rumbo destructivo. “Qué carajos hago sin laburo; qué hago”. Además de solo se sentía abandonado, desamparado sin amparo. Qué hacer en una situación así. Qué hacer en un estado así. Fue a la plaza, donde siempre. Ella quizás estaría pensando en él, pensó; debía cuidarse, por ella. Su razonamiento y entrega era por ella. Dios valoraba ese sentimiento. Él aún no vivía por él mismo, porque el barro no tiene amor propio (o quizás sí); ni siquiera tenía el amor propio que el barro sí tiene por sí mismo: tierra seca esparcida al viento. Naylon reseco por el sol en la rueda de un vehículo. Ni del transporte público de pasajeros era digo. Caminaba. El cielo lo llamaba. Pensaba en irse allí definitivamente. Miraba la copa de los árboles ¿No querrían eso ellos? Se sentó al llegar.

 

     Por primera vez se sintió de más en aquel lugar. En realidad, se sintió que ni ése era su lugar. Se sintió sobrante en el mundo social.

 

     Caminó volviendo al deambule mientras el mediodía se hacía presente una vez más, indiferente a las individualidades-particulares-de cada uno.

 

     “Del problema hacer un entresijo y mamársela solo; solito. A lo macho; machito”.

 

     Caminó por Tribunales dando vuelta a la manzana. Volvió y se sentó en el césped de la Plaza de la Intendencia. Miró el monumento a los héroes de Malvinas: unos seis hombrotes  cargando   una   gran   bandera   argentina, y pensó en que esos patovicas deben ser la idealización de los menuditos pibes, más chicos que él, que fueron los verdaderos grandes que cayeron allá en las islas.

     Pensaba eso, y pensaba su desamparo, y en ese momento, y en ese estado anímico, les encontró algo en común. La masacre de Cromañón también pasó por su mente y se instaló en su arrugada e inflamada alma.

 

     Se le acercó una piba que cargaba con la misma cantidad de años que él, pero que fueron vividos de muy distintas maneras. La relación cantidad-calidad fue, era, es, diferente.

 

-Hola, ¿Tenés fuego?

-No- dijo él.

-Ah, bueno, gracias- hizo una pausa- Qué lindo día ¿no?

-Sí- dijo él.

Volvió la pausa…

-Chau, nos vemos.

-...- dijo él con la cabeza.

 

     “Voy a hablar con Roberto -pensaba- que me dé laburo en la verdulería, por la guita del alquiler, después veremos la comida. Iría al mercado ya que a él no le gusta hacer las compras. Sí, sí, la Marta por ahí se apiada de mí. ¿Por qué no me querrá? Soy un trapo que nunca digo nada. Debe sospechar que la juzgo”. Un vacío volvió a cubrirlo y pensó que moría. Nadie se daba cuenta. Él moría y nadie se percataría hasta muchas horas después. Pero eso no importaba, lo que sí dolía era que él moría y nadie lo sabía.

 

     Cerró los ojos y esperó la muerte…Luego los abrió.

     Miró los vendedores de La Luciérnaga, que también limpian vidrios y ofrecen cubanitos en la esquina de La Cañada, y pensó que tal vez podría hablar con la gente de la revista y con eso pagar la pensión. Siempre había hecho de todo para bancarse solo; lo haría esta vez, aunque el país anduviera mal para los pobres.

 

     Se levantó y cruzó donde los pibes laburantes.

 

-Hola.

-Hola. Contestaron a secas los chicos, mitad desconfiados del muchacho, mitad alertas.

-¿Dónde queda La Luciérnaga?

-Por acá derecho, cuatro-cinco cuadras.

-Gracias.

-...- Contestaron con la cabeza.

 

     En el camino cruzó a un señor con boina verde, cubanitos, revistas y unos libros. ¿Por acá queda La Revista?

 

-Algún día te llevaré

a recorrer los caminos de mi mente

pasaremos por el yugo de mis recuerdos

y te besarán los pies,

mis locos, mis guerreros

mis amantes, mis fantasmas

sabrás porqué no pude ser Rey,

pero tampoco esclavo

te mostraré los infiernos y los paraísos

en donde estuve de rehén

y te enseñaré

a jugar con fuego sin quemarte

y a morder

el costado más sabroso de la manzana*

     El Cabezón Sotelo de marchó a robar el sol de La cañada y 27. Pucha que lo seguiría, pero él no me adoptaría.

 

     Caminaba y vio la vereda más ancha que otras veces, al igual que la calle. Se dio cuenta que todo, ese día, era más ancho, más largo, más grande, más lejano, más ajeno.

 

     Pasó por una pizzería y se acrecentó su “exposismo”.

 

-Hola, ¿acá es La Revista?

-Sí, qué deseas.

-Quiero, pensé que tal vez...

 

     Qué haría si hasta acá encontraba las puertas cerradas. Regresaba paria. Tal vez cuando volviera en una semana para ver qué posibilidades tenía, le fuera mejor. Nuevamente en la plaza y en el césped. Vio una hormiga abriéndose paso por entre esa selva, y la sintió más dichosa que él; o menos desgraciada.

 

     Otra vez en medio de esa desolación y quietud del espíritu, se acordó de ella. Tal vez en medio de un mal momento, si nos da este tiempo para la reflexión, se nos cruza algún buen recuerdo. Tal vez un mecanismo de defensa que ejecuta la mente en servicio del estado de ánimo para subsanar y sobrellevar el trance.  Ella no estaba, pero lo estaría pronto, lo sabía.

 

     Miró al Perro Santillán, así le decía él al linyera que vivía en una bolsa en esa plaza. El Perro, parado en lo alto de los respiraderos de la playa de estacionamiento subterránea, blasfemaba y juzgaba a los funcionarios del Palacio 6 de julio, que no lo escuchaban dentro de sus oficinas de la municipalidad. Tampoco los empleados de tribunales escapaban a sus injurias fundamentadas.

 

     “Pobre loco -pensó- Pobre el mundo con hijos abandonados, aunque tengan cuarenta años. ¿Qué diferencia existe entre La Casa Cuna, el Consejo del Menor y un geriátrico? En todos éstos lugares hay gente que se orina en la cama, estamos los que esperamos a... a alguien”. Recordó al Ángel Morocho. Sintió sosiego.

 

-¡Hola!, ¿Todavía acá?

-Sí, ¿querés fuego de nuevo?

-¿Por qué pensás que quien te viene a hablar te va a pedir algo?

-No sé- dijo él dudando.

-Parece que estás acostumbrado a que el mundo te use.

-Capaz- dijo y se quedó pensando.

-Bueno, yo no te pido nada, y es más, te ofrezco un mate ¿querés?

-Bueno.

 

     Matearon y charlaron un poco sobre sus biografías. Ella contó que era de Mendoza, que había viajado mucho y que sí era verdad que su ciudad era la más limpia del país.

-Lo     bueno, creo      -opinó él-      es   que, con   esa fama, la gente se esmera en cuidarla. Acá tendríamos que tenerla de solidarios; esos pibes ya hubieran vendido todos los cubanitos y revistas, y un grupo se aliarían al Perro Santillán.

 

     En eso le crujió la panza.

-¿Tenés hambre?

-No -dijo avergonzado-

-Sí, sí tenés. Ya vengo.

Cruzó a la panadería y trajo unos criollitos para paliar la hambruna.

 

     Ella siguió diciendo que: tenía veinte años, que hace dos estaba en Córdoba, que estudiaba psicología, que le gustaba entender las conductas humanas de la gente común, que le gustaba escuchar la radio, música árabe, y alguna otra cosita más, dijo.

 

-¿Y vos?

-Nada, estaba acá pensando.

-¿Y qué estudiás?

-No, sólo trabajo -dijo como pidiendo disculpas. 

-¿Y en qué trabajás?

-Ahora en nada. Tal vez en una verdulería dentro de poco; si mi amigo me da el trabajo.

-¿Querés que calentemos el agua?

-...-respondió con los hombros y un puchero.

 

     La chica vivía a unas cuadras y para allá fueron.

-¡Qué linda casa! -dijo tímido después de decir “permiso” cuando entraba.

-Es un departamento, no una casa, tonto -medio chacotona- una casa tiene patio.

-Al lado de la pieza en la que vivo, ésta es una casa.

 

     Ella lo miró con pena maternal. Él la miró con pena de etapa censorio-motor Ella lo miró amante.  Él la miró con pena de etapa censorio-motor.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                        

  

     Sentate si querés.

-Bueno, gracias -murmuró, y se quedó parado.

Se asomó a la puerta-ventana y dijo:

-¡Qué lindo balcón!

-...? -lo miraba y sonreía de su humildad.

-¡Y las flores, qué lindas!

-...? -lo miraba y sonreía de su ingenuidad.

-¡Y la vista, qué linda!

-...? -lo miraba y sonreía de su bondad.

-Es tan distinta tu vista a la mía.

-...? -y sonreía de su desamparo y su bondad.

Se dio vuelta, la miró. Se miraron...

-¿Y si en vez de tomar mates, tomamos una cerveza?

-Bueno.

-¿A todo decís “bueno”?

-...-levantó los hombros y ella pensó en comerlo a besos.

 

     Se sentaron a la mesa: una cerveza, dos vasos, el cenicero, los puchos, y se miraron. Ella, pícara, se hizo la que silbaba.

-Bueno… -golpecitos de las manos en la mesa- ¿escuchamos música?

-Bueno. Ella sonrió.

     Puso algún caset de música árabe e imitó a una odalisca  en  unos  pasos;  se  avergonzó, tal vez, sonrió y se sentó; a él casi se le rompe el alma: ¡era tan linda, tan traviesa, tan juguetona! “Un bomboncito”, pensó.

 

     Tomaron una cerveza, dos; pidió ir al baño. “Pasa”. “Gracias”. Y pensaba: “Qué me habrá visto. No tengo un mango, me daría vergüenza pararme al lado de ella en la parada de colectivo. Ella es inteligente: estudia para psicóloga; es linda, ¡tiene un cuerpo!; debe tener mucha guita para vivir en una casa así, sola; es tan independiente. Será que encima es una mina buenaza. ¡Qué locura!, lo tiene todo y yo nada; aunque con una persona así al lado. ¡Va! dejate de joder, pensar estas cagadas; una mina así nunca va a darte bola”. Cuando abrió la puerta del baño ella estaba parada ahí.

-Pasá-dijo él saliendo vergonzoso mientras ella se apresuró a entrar y quedaron los dos bajo el marco frente a frente unos segundos; él disparó rápido y fue al comedor.

“Qué boludo, cómo no la besé”.

 

     Ella volvió y buscó un disco.

 

-¿Querés comer algo? No sé, si querés cocinar.

-Sí, sí- contestó entusiasmado.

-Revisá a ver qué hay y hacé como te parezca. Yo voy a comprar vino ¿ah?

“¿Ah?”, ¡qué bonita!

-Sí, sí -otra vez entusiasmado. Entusiasmado y feliz.

 

     Se las ingenió para encontrar los utensilios y se puso a amasar una pizza; se sentía tan bien, pero tan bien. “Qué levante ni que levante, ella pinta para amiga, y una amiga de fierro, de esas que no te abandonan jamás, buenaza”. Ella volvió con una botella de vino.

 

-¿Tinto está bien?

-Está bien.

-Sí, me imaginaba que ibas a decir eso.

-¿Si?

 

Ella sonrió. Él sonrió. Y sinceramente un jardín de flores y colores cálidos giro a su alrededor.

 

-¿Sabés cómo te gustaría Mendoza; conocés?

-No

-Cómo te gustaría.

-Y sí -dijo un poco con desgano.

-Eh!, no pongas esa carita, nene triste -y le tocaba la mejilla- para el verano podemos ir.

-¿Si?!- entusiasmadísimo.

-Sí- le tocó la mano llena de harina. Se le acercó. Se frenó. Escondió su cara angelical. Él la levantó tomándole la pera, y en el momento en que se acercaban sus bocas juveniles, llenas de vida y vital energía, el mundo pareció detenerse. Y se detuvo. Mientras lo único en movimiento eran sus labios, sus lenguas, sus salivas: la fiesta de la vida había comenzado.

 

     Ella lo besaba; él se sentía contenido. Ella le acariciaba la cabeza; él se sentía contenido. Ella le sobaba la espalda; él se sentía contenido. Ella lo empezó a guiar hacia la pieza, lo besaba, lo tocaba; él no daba más de la contención. Se tiraron a la cama, le sacó su camisa y su remera y quedó en corpiños. Le sacó las botas, él se apresuró con sus medias; juntos primero su pantalón, luego el de ella; se desangraban en besos con la respiración excitadísima y ¡boom!

 

-Pará, voy al baño.

-Bueno...

 

     Ella entró y antes le dedicó una de las miradas más prometedoras que haya visto en su vida de desamparo que acababa de terminar. Prendió un cigarrillo, se miró las manos enharinadas y corrió a la cocina a lavarse; tomó la botella y volvió presuroso a la habitación. 

 

“Juh! -pensaba- esto sí que es dicha”. Se miró las manos, estaban limpias; fumó, se miró recostado como estaba y se avergonzó de su erección; se tapó sus partes con la sábana, bebió un trago, pitó de nuevo el cigarrillo, y sintió como galopaba su pecho. “¡La puta, qué lindo che!”

 

-¡Sabés qué, el mundo me importa un carajo! -le dijo acostado, con el alcohol un poco subido a la cabeza- Un carajo el laburo ese, y un carajo el laburo aquél. Ya voy a conseguir algo. Un carajo también Roberto, y más todavía su mujer. Y en el verano, cuando vayamos a Mendoza, quiero conocer a tu familia, porque no te dije, pero no tengo familia, estoy más solo que la mierda. ¡Estaba! más solo que la mierda...

     Pitó, un trago, pito de nuevo y...

-¿Si querés pongo música?, ¡no, mejor así!

     Hablaba casi gritando.

“¿Por qué se demora tanto?”, prendió otro cigarrillo, tomó un trago, se levantó y se arrimó a la puerta.

-¿Estás bien? ¡Ey! Ya sé, te dio vergüenza. No seas tonta, vení, que todo hasta ahora está genial. ¡Ey!            

 

      Preocupado abrió la puerta.  El golpe que recibió fue tremendo: La ventana abierta, nadie en el cuarto, la cortina blanca flameaba dejando ver la oscura noche en la ciudad.

    

     Dos semanas después, lo vieron arriba de un árbol, queriendo mimetizarse con el Ser Arbóreo y llegar al cielo.

 

 

 

 

 

 

*Los habitantes del abismo, Horacio “Cabezón” Sotelo.                                                                             

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