Pluma
Miró al Cielo buscando encontrar a Dios y lo
vio con su rostro celeste y brillante: el hierro comenzó a derretirse en la
tibieza de la ternura divina y el Hermano Sol le palmeó la espalda…
Las paredes blancas desdibujando líneas y
distancias le activo la memoria celular y supo que había vuelto a ese estado, a
esos territorios pasados; al futuro perenne de su desamparo. Las sábanas
blancas y la almohada tibia fueron sosiego y abrazándose a ellas en un bollo
único de descanso y paz se volvió a dormir hasta media mañana.
-Pluma, volviste. Levantate que vas a
desayunar; buena falta te hace. Dijo El Ángel Morocho.
Lo ayudó al quitarle el suero. -Tres
sachet fueron. Tenés que bajar de la nube pa! El Ángel Morocho era uno de
los pocos seres que le daban cariño y esperanza. Era la segunda o tercera vez
que se veían. Lo tomó del brazo y lo llevaba al comedor en un paseo eterno al
que daban siempre el primer paso. Así estuvieron toda la mañana levantándose de
la cama y dando el primer pasito. Pluma volvía siempre a ese estado capturado
en su Alma y pretendía la eternidad del afecto y la amistad.
Recordaba haber buceado en una taza de
mate cocido dulce y calentito. Recordaba palabras fraternas de El Ángel Morocho
y sentía dicha, pero nuevamente caminaba por el centro de la ciudad en busca de
su bolsa, de su cascabelito, de su saco, de su perro, de su amor. El Benteveo
le iba marcando la senda a seguir y al ingresar a la Biblioteca Córdoba supuso
que ya no saldría de allí.
Se dirigió al baño y luego a la sala
infantil. Del estante sacó Las dos naranjas y leyó:
A
Eulalia, mi vaca,
le
puse corona
de
trébol y alfalfa.
Ella
alza los ojos
y
mira que mira,
queriendo
comerla…
No
quiere ser reina
mi
vaquita Eulalia!
Entró a La Casa Azul y
Edith Vera le tendió un mate. _-Eulalia nunca quiso ni cargos
administrativos ni de jerarquía. Nadie sabe, pero Eulalia era reina y solo
quería sol y pasto. ¡Agua también! Jajaja… Y reía radiante en su
profundidad. Él le hubiera confesado su amor fiel, pero temió el rechazo. Cerró
la puerta y en el citroen de la entrada dejó un papelito con un mensaje. El
Benteveo volvió a señalar la senda del retorno, su eterno retorno. -Hay un
lugar para nosotros, pensó.
-Son voces
que siguen sonando, sólo eso. Pero
el Sr. En la parada de colectivo ni siquiera lo miraba. -Mucho menos un
abrazo, ¿verdad? Y la vio. Doblaba la esquina de San José de Calazán y Bv
Ilía. Iba acompañada de un muchacho (seguramente un amigo). ¡Corrió a su
encuentro! Subió por Calazán y observó que entraban a media cuadra. Casi los
alcanza, veloz con una energía vital suero más dicha. Llegó, pero era un lote
vacío de esos que, con grandes carteles, limitan la visión hacia su interior.
Adentro comenzaba una construcción de gran envergadura. Grupos de hierros del
20 verticalmente evidenciaban futuras columnas de gran porte. Tuvo dos
caballetes de esos hierros, herencia de su suegro, allá, en su felicidad.
No entendía por dónde habían
entrado; no se veía ninguna chapa suelta. Por entre ellas miraba y sólo un
desierto inmobiliario y puñados de hierros clavados. Sobre una de esas hebras
de montaña se posó el Benteveo y con el pico hacia la derecha lo miraba con su
ojo izquierdo. Vaya paradoja política de la realidad. Voló con alas de plumas y
patitas de algodón en una metáfora de ilusión.
Después de quince días aún
seguía en el cordón de la vereda del frente de las chapas. Esperaba verla salir
o entrar nuevamente. Quince días al decir de los vecinos que le acercaban
alimentos y algún juguete ya que veían que le gustaban mucho los de todo tipo.
Quince días al decir de los vecinos porque él vivía en un constante pasado y
presente según boletos de emociones y sentimientos. Sentimientos más bien.
En la cuadra tuvimos la
oportunidad y bendición de experimentar mucha ternura. Pluma nos trajo dulzura
esos días. Todos, quien más quien menos, tuvimos una vivencia de amor en esa
porción de tiempo. Ojalá volviéramos a vivirla; pero Pluma ya no está y nosotros
estamos muy ocupados derrochando tiempo y vida.
De un edificio de la cuadra,
de una oficina estatal, bajaba regularmente un Señor de saco, parches en los
codos, pantalón jeen, zapatos y portafolios. En una oportunidad al verlo a
Pluma sentadito con su bolsa, cascabelitos, juguetes, perro y Benteveo le
obsequió un pequeño yunque. Un pisapapeles que era sacapuntas. Una reliquia
del mundo obrero, hijo. Ojalá te sirva.
-El mundo obrero
construye un mundo para nosotros, pero hay quienes lo venden y no tengo plata
para pagar mi amor, Señor. Lo guardaré Señor de la voz en la que confiar, lo
guardaré.
Intercambiaron charlas,
juguetes y silencios. El Señor del Portafolios, o simplemente un Maestro rural
encerrado en la ciudad, le presentó a un amigo que dejaría grandes huellas en
la cuadra también; lo recuerdo como si fuera hoy cuando lo vimos bajar de una
nube traído por dos zorzales y cuatro colibríes más un montón de gorriones. El
Monje Etéreo trajo La Bendición y La Buena Nueva de Siempre a Nuestro
Pequeño Ser del Cordón en forma de Villancico que todos cantamos:
Deja que tu pesebre
sellos mis labios pisen
fuentes mis ojos rieguen
ojos el alma miren.**
-Pero Cenobita
del Lugar Más Alto ni pesebre tengo.
Indigno soy de tu mirada celestial.
-En tu inmensa
estrechura
lo grande miro humilde
lo circunscripto breve
postrado lo terrible.**
-Siento que mi dicha es inmerecida a tus
palabras y a las del Grande y Querido Maestro. Me
hacen sentir muy apreciado, pero indigno soy, yo que sólo barro vivo. Gracias
por la empatía Maestros. Quizás el recuerdo de sus palabras hoy entibie mi
noche.
Los diálogos en los que participaban los
tres Seres de Luz eran motivo de convocatoria vecinal de toda la cuadra. Los
chispazos de sus voces, palabras, y pausas eran una reivindicación del sagrado
reposo. Pero un amanecer Pluma ya no estaba. Algunos juguetes quedaron cual
guardianes de la pura existencia y tierna estadía. Volvimos a nuestra muerta
rutina añorando el retorno del abandono que nos calentara tibio. Dicen que ella
salió un anochecer y subió a un auto de vidrios negros. Dicen que uno de los
juguetes rompió en llanto y luego volvió a su realidad inerte para siempre.
Dicen, también, que Pluma se encuentra pegado al techo de una habitación
blanca, lejos de las sábanas y la almohada.
*Las dos naranjas,
poemario de Edith Vera, poeta cordobesa.
**"Soliloquios al Niño Dios, en el
Día de Navidad, en su Pesebre". Este fragmento de obra está considerada
como la primera poesía religiosa argentina y de ella se realizó un villancico. Fue escrito por
Luis José de Tejeda y Guzmán (1604—1680), un cordobés, hijo de cordobeses,
considerado el primer poeta argentino. La presente versión extraída del libro
“Peregrino en Babilonia” Ed. Juan Roldán, Bs As, 1916.
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