jueves, 15 de mayo de 2025

 


Pluma

  

  Miró al Cielo buscando encontrar a Dios y lo vio con su rostro celeste y brillante: el hierro comenzó a derretirse en la tibieza de la ternura divina y el Hermano Sol le palmeó la espalda…

 

     Las paredes blancas desdibujando líneas y distancias le activo la memoria celular y supo que había vuelto a ese estado, a esos territorios pasados; al futuro perenne de su desamparo. Las sábanas blancas y la almohada tibia fueron sosiego y abrazándose a ellas en un bollo único de descanso y paz se volvió a dormir hasta media mañana.

 

     -Pluma, volviste. Levantate que vas a desayunar; buena falta te hace. Dijo El Ángel Morocho.

 

     Lo ayudó al quitarle el suero. -Tres sachet fueron. Tenés que bajar de la nube pa! El Ángel Morocho era uno de los pocos seres que le daban cariño y esperanza. Era la segunda o tercera vez que se veían. Lo tomó del brazo y lo llevaba al comedor en un paseo eterno al que daban siempre el primer paso. Así estuvieron toda la mañana levantándose de la cama y dando el primer pasito. Pluma volvía siempre a ese estado capturado en su Alma y pretendía la eternidad del afecto y la amistad.

 

     Recordaba haber buceado en una taza de mate cocido dulce y calentito. Recordaba palabras fraternas de El Ángel Morocho y sentía dicha, pero nuevamente caminaba por el centro de la ciudad en busca de su bolsa, de su cascabelito, de su saco, de su perro, de su amor. El Benteveo le iba marcando la senda a seguir y al ingresar a la Biblioteca Córdoba supuso que ya no saldría de allí.

    

     Se dirigió al baño y luego a la sala infantil. Del estante sacó Las dos naranjas y leyó:

 

A Eulalia, mi vaca,

le puse corona

de trébol y alfalfa.

Ella alza los ojos

y mira que mira,

queriendo comerla…

 

No quiere ser reina

mi vaquita Eulalia!

 

         Entró a La Casa Azul y Edith Vera le tendió un mate. _-Eulalia nunca quiso ni cargos administrativos ni de jerarquía. Nadie sabe, pero Eulalia era reina y solo quería sol y pasto. ¡Agua también! Jajaja… Y reía radiante en su profundidad. Él le hubiera confesado su amor fiel, pero temió el rechazo. Cerró la puerta y en el citroen de la entrada dejó un papelito con un mensaje. El Benteveo volvió a señalar la senda del retorno, su eterno retorno. -Hay un lugar para nosotros, pensó.

 

     -Son voces que siguen sonando, sólo eso. Pero el Sr. En la parada de colectivo ni siquiera lo miraba. -Mucho menos un abrazo, ¿verdad? Y la vio. Doblaba la esquina de San José de Calazán y Bv Ilía. Iba acompañada de un muchacho (seguramente un amigo). ¡Corrió a su encuentro! Subió por Calazán y observó que entraban a media cuadra. Casi los alcanza, veloz con una energía vital suero más dicha. Llegó, pero era un lote vacío de esos que, con grandes carteles, limitan la visión hacia su interior. Adentro comenzaba una construcción de gran envergadura. Grupos de hierros del 20 verticalmente evidenciaban futuras columnas de gran porte. Tuvo dos caballetes de esos hierros, herencia de su suegro, allá, en su felicidad.

 

     No entendía por dónde habían entrado; no se veía ninguna chapa suelta. Por entre ellas miraba y sólo un desierto inmobiliario y puñados de hierros clavados. Sobre una de esas hebras de montaña se posó el Benteveo y con el pico hacia la derecha lo miraba con su ojo izquierdo. Vaya paradoja política de la realidad. Voló con alas de plumas y patitas de algodón en una metáfora de ilusión.

 

     Después de quince días aún seguía en el cordón de la vereda del frente de las chapas. Esperaba verla salir o entrar nuevamente. Quince días al decir de los vecinos que le acercaban alimentos y algún juguete ya que veían que le gustaban mucho los de todo tipo. Quince días al decir de los vecinos porque él vivía en un constante pasado y presente según boletos de emociones y sentimientos. Sentimientos más bien.

 

     En la cuadra tuvimos la oportunidad y bendición de experimentar mucha ternura. Pluma nos trajo dulzura esos días. Todos, quien más quien menos, tuvimos una vivencia de amor en esa porción de tiempo. Ojalá volviéramos a vivirla; pero Pluma ya no está y nosotros estamos muy ocupados derrochando tiempo y vida.  

 

     De un edificio de la cuadra, de una oficina estatal, bajaba regularmente un Señor de saco, parches en los codos, pantalón jeen, zapatos y portafolios. En una oportunidad al verlo a Pluma sentadito con su bolsa, cascabelitos, juguetes, perro y Benteveo le obsequió un pequeño yunque. Un pisapapeles que era sacapuntas. Una reliquia del mundo obrero, hijo. Ojalá te sirva.

 

     -El mundo obrero construye un mundo para nosotros, pero hay quienes lo venden y no tengo plata para pagar mi amor, Señor. Lo guardaré Señor de la voz en la que confiar, lo guardaré.

 

     Intercambiaron charlas, juguetes y silencios. El Señor del Portafolios, o simplemente un Maestro rural encerrado en la ciudad, le presentó a un amigo que dejaría grandes huellas en la cuadra también; lo recuerdo como si fuera hoy cuando lo vimos bajar de una nube traído por dos zorzales y cuatro colibríes más un montón de gorriones. El Monje Etéreo trajo La Bendición y La Buena Nueva de Siempre a Nuestro Pequeño Ser del Cordón en forma de Villancico que todos cantamos:

 

Deja que tu pesebre

sellos mis labios pisen

fuentes mis ojos rieguen

ojos el alma miren.**

 

     -Pero Cenobita del Lugar Más Alto ni pesebre tengo. Indigno soy de tu mirada celestial.

 -En tu inmensa estrechura

lo grande miro humilde

lo circunscripto breve

postrado lo terrible.**

 

     -Siento que mi dicha es inmerecida a tus palabras y a las del Grande y Querido Maestro. Me hacen sentir muy apreciado, pero indigno soy, yo que sólo barro vivo. Gracias por la empatía Maestros. Quizás el recuerdo de sus palabras hoy entibie mi noche.

 

     Los diálogos en los que participaban los tres Seres de Luz eran motivo de convocatoria vecinal de toda la cuadra. Los chispazos de sus voces, palabras, y pausas eran una reivindicación del sagrado reposo. Pero un amanecer Pluma ya no estaba. Algunos juguetes quedaron cual guardianes de la pura existencia y tierna estadía. Volvimos a nuestra muerta rutina añorando el retorno del abandono que nos calentara tibio. Dicen que ella salió un anochecer y subió a un auto de vidrios negros. Dicen que uno de los juguetes rompió en llanto y luego volvió a su realidad inerte para siempre. Dicen, también, que Pluma se encuentra pegado al techo de una habitación blanca, lejos de las sábanas y la almohada.

 

 

 

 

*Las dos naranjas, poemario de Edith Vera, poeta cordobesa.

 

 

**"Soliloquios al Niño Dios, en el Día de Navidad, en su Pesebre". Este fragmento de obra está considerada como la primera poesía religiosa argentina y de ella se realizó un villancico.  Fue escrito por Luis José de Tejeda y Guzmán (1604—1680), un cordobés, hijo de cordobeses, considerado el primer poeta argentino. La presente versión extraída del libro “Peregrino en Babilonia” Ed. Juan Roldán, Bs As, 1916.

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