Saco
Se despertó
tiritando y con un grito. En la plaza aún la noche era indiferente a las almas
sufrientes. Volvió a dormirse acostumbrado a despertar en cualquier lado, a
caminar sin rumbo, y ahora a volver en el tiempo. Se abrazó a algo, podía ser
una piedra, un tronco. Ese algo se movió, podía ser un perro, una persona; se
quedó abrazado dando protección al ser: había descubierto que hasta las bolsas
de basuras merecían cuidados. El abandono no era para él producto de unos que
abandonan a otros sino de todos colectivamente: el abandonado abandona y se
abandona, las desigualdades económicas no tenían nada que ver con este asunto.
Algunos están abandonados dentro del restaurant, otros fuera.
Se despertó luego
con el día y sintió que era una hermosa mañana para vivirla. La bomba del pecho
se convirtió en metralleta en su cabeza y la verborragia en sus labios le
proporcionaría alimentos: hoy comería.
Fue a tomar
agua del pico porque su hambruna era ingente e insoportable. Se peinó
utilizando el mismo líquido celestial y volvió al departamento; ella tendría
que haber regresado, pero al cruzar a los Héroes de Malvinas volvió a sentir en
el esternón el antiguo lonkomeo de los abuelos sureños y se arrodilló a orar a
la mapú: perdónanos Pachamama. Para él esos grandotes patovicas de la
plaza de la Intendencia eran la idealización de los menuditos norteños y
sureños que llevaron a las islas con maltratos y engaños; nunca se perdonaría
haber nacido poco antes del conflicto bélico y tener escasos cuatro años en ese
abril del 82’. Su plegaria de culpa llegaba al fin bajo un sol que calentaba
los remordimientos. Saludó y dio las gracias por la escucha; los Héroes le dijeron
Volvé.
Llegó a Cañada y pudo observar cómo cuatro policías
corrían por debajo de esta a un joven descalzo y en cuero que los esquivaba
como si estuvieran jugando al viejito en el recreo de la escuela. El joven los serpenteaba
y se reía, los uniformados se chocaban entre sí haciendo un ridículo
institucional ante los ciudadanos que miraban desde lo alto de la pirca. Por
fin pudieron agarrarlo y la paliza que comenzaron a darle era abusiva y la
vergüenza y rabia se apoderó de todos nosotros. Comenzamos a gritarles que
pararan. Ellos ensordecidos en su resentimiento solo golpeaban con sus puños en
la cabeza del flacucho que ya no oponía resistencia. Apareció una camioneta y
subieron el cuerpo fláccido. Un trapo quedó en el suelo, imaginó que bien
podría ser un pedazo de piel y pensó en el poeta leproso del Paraguay. También Saco
iba
-¿Dónde?
-Voy al Valle donde
duerme el alma del silencio, quiero calma;
mucho mal me hizo el
mundo hasta morderme como un áspid
-¿Quién habla?
-De la vida un peregrino
que ya grande el alma de tanto sufrir tiene y bien transida la materia…
A Manuel Ortiz Guerrero se le cayó la carne, pero nunca
la dignidad, sentenció.
Se encaminó a
la pensión tratando de superar el ánimo. Nada podía hacer por el muchacho de la
golpiza, nada podía hacer por Guerrero, nada podía hacer por nadie más que orar
al cielo y al suelo. Llegaba a la altura de la puerta de los departamentos
cuando vio que ella bajaba las escaleras y se volteaba esperando y hablando con
alguien: ¡No lo podía creer! ¡Era él mismo! Vio cómo se abrazaban y las nucas
de los dos se alejaban en un punto en fuga de su soledad. Se sentó en la Cañada
a tratar de entender: ahora no sólo podía ir al pasado, sino que al futuro y en
simultaneo consigo mismo. Un pulular de cucarachas comenzó a roer la médula de
los huesos de las piernas queriendo escapar y el zapallo del pecho fue de
hierro. Miró al Cielo buscando encontrar a Dios y lo vio con su rostro celeste
y brillante: el hierro comenzó a derretirse en la tibieza de la ternura divina
y el Hermano Sol le palmeó la espalda, entonces comprendió que sólo debía
cruzar y esperar adentro de la pieza. Se acomodó el saco y se lanzó a la calle.
Al llegar a la puerta de reja bajaba don
Hugo el portero y al reconocerlo se quiso volver adentro.
-Eh! Don Hugo,
espere! Vengo a verla a ella!
Don Hugo
volvió a la reja, sus manos se juntaron allí...
-Pibe,
entendé, hace cuatro años que te digo que ella no vive más aquí.
Martín Darío Avalos 17 de
febrero de 2025
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