jueves, 15 de mayo de 2025

 



Saco

 

     Se despertó tiritando y con un grito. En la plaza aún la noche era indiferente a las almas sufrientes. Volvió a dormirse acostumbrado a despertar en cualquier lado, a caminar sin rumbo, y ahora a volver en el tiempo. Se abrazó a algo, podía ser una piedra, un tronco. Ese algo se movió, podía ser un perro, una persona; se quedó abrazado dando protección al ser: había descubierto que hasta las bolsas de basuras merecían cuidados. El abandono no era para él producto de unos que abandonan a otros sino de todos colectivamente: el abandonado abandona y se abandona, las desigualdades económicas no tenían nada que ver con este asunto. Algunos están abandonados dentro del restaurant, otros fuera.

     Se despertó luego con el día y sintió que era una hermosa mañana para vivirla. La bomba del pecho se convirtió en metralleta en su cabeza y la verborragia en sus labios le proporcionaría alimentos: hoy comería.  

     Fue a tomar agua del pico porque su hambruna era ingente e insoportable. Se peinó utilizando el mismo líquido celestial y volvió al departamento; ella tendría que haber regresado, pero al cruzar a los Héroes de Malvinas volvió a sentir en el esternón el antiguo lonkomeo de los abuelos sureños y se arrodilló a orar a la mapú: perdónanos Pachamama. Para él esos grandotes patovicas de la plaza de la Intendencia eran la idealización de los menuditos norteños y sureños que llevaron a las islas con maltratos y engaños; nunca se perdonaría haber nacido poco antes del conflicto bélico y tener escasos cuatro años en ese abril del 82’. Su plegaria de culpa llegaba al fin bajo un sol que calentaba los remordimientos. Saludó y dio las gracias por la escucha; los Héroes le dijeron Volvé.

     Llegó a Cañada y pudo observar cómo cuatro policías corrían por debajo de esta a un joven descalzo y en cuero que los esquivaba como si estuvieran jugando al viejito en el recreo de la escuela. El joven los serpenteaba y se reía, los uniformados se chocaban entre sí haciendo un ridículo institucional ante los ciudadanos que miraban desde lo alto de la pirca. Por fin pudieron agarrarlo y la paliza que comenzaron a darle era abusiva y la vergüenza y rabia se apoderó de todos nosotros. Comenzamos a gritarles que pararan. Ellos ensordecidos en su resentimiento solo golpeaban con sus puños en la cabeza del flacucho que ya no oponía resistencia. Apareció una camioneta y subieron el cuerpo fláccido. Un trapo quedó en el suelo, imaginó que bien podría ser un pedazo de piel y pensó en el poeta leproso del Paraguay. También Saco iba

-¿Dónde?

-Voy al Valle donde duerme el alma del silencio, quiero calma;

mucho mal me hizo el mundo hasta morderme como un áspid

-¿Quién habla?

-De la vida un peregrino que ya grande el alma de tanto sufrir tiene y bien transida la materia…

A Manuel Ortiz Guerrero se le cayó la carne, pero nunca la dignidad, sentenció.

      Se encaminó a la pensión tratando de superar el ánimo. Nada podía hacer por el muchacho de la golpiza, nada podía hacer por Guerrero, nada podía hacer por nadie más que orar al cielo y al suelo. Llegaba a la altura de la puerta de los departamentos cuando vio que ella bajaba las escaleras y se volteaba esperando y hablando con alguien: ¡No lo podía creer! ¡Era él mismo! Vio cómo se abrazaban y las nucas de los dos se alejaban en un punto en fuga de su soledad. Se sentó en la Cañada a tratar de entender: ahora no sólo podía ir al pasado, sino que al futuro y en simultaneo consigo mismo. Un pulular de cucarachas comenzó a roer la médula de los huesos de las piernas queriendo escapar y el zapallo del pecho fue de hierro. Miró al Cielo buscando encontrar a Dios y lo vio con su rostro celeste y brillante: el hierro comenzó a derretirse en la tibieza de la ternura divina y el Hermano Sol le palmeó la espalda, entonces comprendió que sólo debía cruzar y esperar adentro de la pieza. Se acomodó el saco y se lanzó a la calle.

       Al llegar a la puerta de reja bajaba don Hugo el portero y al reconocerlo se quiso volver adentro.

     -Eh! Don Hugo, espere! Vengo a verla a ella!

     Don Hugo volvió a la reja, sus manos se juntaron allí...

     -Pibe, entendé, hace cuatro años que te digo que ella no vive más aquí.

 

Martín Darío Avalos 17 de febrero de 2025

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