Padentrano en las casas
Hablar sobre Azor Grimaut me resultará muy
difícil por la sencillez que pretendo abordar su libro póstumo Infancia,
piquillín y mistol 1910-1920.
Para comenzar diremos que el título ya es
robado; otra vez el Maestro Aldo Parfeniuk aparece ante mis pensamientos
alertando posibles tonteras en mi escrito y siendo severo en sus
recomendaciones que pacientemente vierte sobre mis dedos al teclear el tablero.
Pajuerano es el título con que Azor Grimaut titula unos versos en su
libro Ancuas, poemas de Córdoba. Nuestro Maestro Parfeniuk en su libro
de ensayos breves Las Voces Interiores desarrolla la idea que nosotros,
“los del interior”, desde una mirada centrista de los porteños, no somos
pajueranos según su mirada sino padentranos, en todo, caso según nuestra óptica
y en las casas es como referencia nuestro autor Grimaut al conjunto de una
cocina y dos o tres ranchos según la cantidad de familiares que los habitaban.
¡Qué tiempos donde se vivía con los abuelos, tíos y primos! Hemos cambiado todo
ese menjunje de risotadas y convivencia por la soledad del individualismo sin
Dios. Pero hoy metiéndonos pa´ dentro en nuestra intimidad provinciana es que
leemos a Grimaut, y a tantísimos más, con la serenidad forzada en medio de
tanta autovía y vehículos aerodinámicos o americanamente trompudos. ¿Qué nos
estamos repitiendo? ¿No se repiten ellos acaso con su constante sonrisa cola o
su brommm brommm dueños del mundo? Déjennos expresarnos mientras podemos y
volvamos a A.G.
Desde esta tozuda óptica de añoranza de
cierto ritmo de vida pausada es que debe leérselo también a nuestro ilustrador
con la palabra. Con total libertad y tiempo Él va relatando sus trajines de
niño de seis años por el montecito que rodea su casa. Parecen las memorias de
un abuelo con todo el tiempo del mundo para recordar. Nos retrotrae a Juan
Filloy en sus Merorias de Esto Fui, donde, dicho sea de paso, el
escritor de los tres siglos dice a propósito de A.G:
“Azor Grimaut, en las páginas de La Voz del Interior ha
escrito páginas tan copiosas de información, tan onda de ternura retrospectiva
que me siento inhibido. Y lo único que puedo hacer es rociar sus remembranzas
con lágrimas de ternura de mi niñez”.
En tiempos de neologismos (¿no fueron así
todas las épocas? ¿no? ¿maso?), y en tiempos de fuerte impacto visual y
auditivo, a las palabras de Juan Filloy replicaremos con un: ¡Fa…!
Así, con la ternura de ambos, vamos
andando junto al pequeño que junta uvitas silvestres y es un abundante
conocedor de flora y fauna nativa:
“Este camino estaba bordeado de palo amarillo,
pasionaria, espinillos, talas, moradillos, guayacanes, poleos, talillas,
algarrobos, quebrachos flojos, cocos, tuscas, carteritas y otras numerosas
especies de nuestra flora autóctona, pero en su mayoría arbustos, debido a que
el hacha ya había hecho de las suyas con los árboles”.
Similar
sucede en el barrio Martín Fierro desde donde escribo estas líneas aquí en
Villa Ani Mí, La Granja. Aquí no ha sido tanto el hacha como los incendios
según me comentan los vecinos de mayor antigüedad en la zona. Es difícil ver
árboles nativos de gran porte, pinos, sí, fresnos, también, pero difícil ver un
sombra de toro adulto, por ejemplo.
De flores dirá que junto a sus hermanas y
dos vecinitas juntaban:
“(…) formábamos grandes ramos con pasionarias o
granadilla, como también se las denominaba, laocontes, clavelones silvestres,
malvaviscos, tasis, margaritas rojas, alguna que otra flor del aire -escasas ya
por aquel entonces- verdolagas rojas, alabas -que había en abundancia- palo
amarillo, varas de San José, silvestres, muy fragantes, lágrimas de la virgen,
cebollitas de tallo corto que crecen casi pegadas al suelo y tienen el
pedúnculo como blanqueado a la cal”.
La cita extensa no tiene otro fin que
nombrar a las especies que seguramente no son cotidianas en muchas personas,
pero que aún se pueden encontrar en las sierras, en la ciudad o en la llanura,
porque si alguien tiene Memoria esa es la Madre-Tierra.
Fauna
Porque si sobre flora abundan los
sustantivos en una memoria que parece inagotable, otro tanto sucede con la
fauna, sobre todo, son los eternos libadores (polinizadores) de flores, las
aves. Ahí desandando especies al tiempo que nos “desazna” a los lectores. Por
sus recuerdos tiernos de las excursiones pasan pijuíes, urracas, perdices,
curucuchas, calandrias, chingolos, tortolitas, cacholotes…
Mas vegetales
La
lista de vegetales mencionados en la cita de más arriba no claudican en ella,
sino que se extiende por todas las páginas en cada nueva excursión del pequeño
Azor; así aparecen en distintos párrafos: castor, cepa-caballo, suspiros, Santa
María, verdolaga, poleo, pichanas, rosetas, amores secos, moradillo, poleo,
piquitos de gallo…
Fauna 2
Abejas,
moscardones, perecita, rundunes, chelco, hormigas, caballos, vacas, toros,
chanchos, ovejas y entre tantos perros los suyos: Bonito y Pensamiento.
Saberes varios
El niño junto a sus hermanas y vecinas, en
sus travesías por el monte comían piquillín. Asegura que los frutos son de
variados colores: amarrillos, negros, siendo este último el más dulce, máxime
se después de las lluvias se lo deja “amelcochar” (tornar de color rubio).
Cucos y castigos
Toda tranquilidad y dicha se acaba cuando
aparecen las reprimendas, castigos y amenazas terribles sobre, en este caso, el
“Sombrerudo” un enano siestero que se llevaba a los niños. Pero no será el
único el don Sombrerudo que busca niños a la siesta, también figura con estos
hábitos una iguana de cabeza roja que por la zona de la Chacra de la Merced
salé en ese horario para lo mismo mientras gusta “guastar” (desbastar) plantas
de piquillín.
Otro asunto digno de “castigo” era la
distracción en las pequeñitas escuelas armadas en casas de familia; allí la
distracción en mirar por la ventana la calle era digna de la puesta del bonete
en la cabeza o un collar de marlo. La familia al enterarse de estas
amonestaciones recrudecía la pena haciendo arrodillar, a veces hasta sobre
granos de maíz, a los párvulos distractores con piedras en las manos aumentando
el martirio, si bajaba los brazos podía ser apercibido con un azote. Tomá vos!
Remedios
Abordando el bagaje de saberes de este muchachito de
barrio deja testimonio sobre sus conocimientos aprendidos en torno a la
medicina casera; así entonces reseña que doña Petrona le hace comprender que la
grasa de iguana sirve para dolores de reuma mientras los anillos de la cola se
utilizan para curar el “aire” dolencia negada por muchos médicos, pero que los
que la sufren manifiestan.
Contra las tormentas eléctricas era
protección el invocar: “San Jerónimo bendito, Santa Bárbara, doncella, líbrame
del rayo y la centella…” acompañado con una cruz de cenizas en el patio
clavando un hacha en el centro evitando el uso de ropa blanca.
Contra
el “pático” enfermedad que mancha el paladar como de un sarro blanco la receta
es la que sigue (según pudo ver el pequeño Azor): se saca una garrapata de un
perro, se la revienta y se mezcla su sangre con la saliva y se unta la encía
del bebé (sic); se repite la operación ¡dos veces más! Al perro no solo se le
extrae las garrapatas (hasta ahí feliz el can) sino que con colmillos del
cuadrúpedo se hace un collar que irá al cuello del infante para que la criatura
tenga dientes sin problemas ni dificultades de vientre. ¡Pichu, pichu, pichu…!
Del pichu también el estiércol se usa como
laxante. Y para dolores reumáticos la grasa de león o puma es recomendada
altamente.
“Progreso” y Suquía
Refiere que cuando el llamado progreso aún no había avanzado sobre
el monte aniquilándolo y el río Suquía, nuestro vena vital decimos desde acá,
no era el inodoro de la ciudad y del San Roque muerto. Tiempos que él pudo
apreciar y nosotros no; sin embargo tenemos la misión y la suerte de poder ser
quienes lo reconstruyan, lo vivifiquen. Hoy el Suquía, nuestro Suquía este
muerto desde su comienzo hasta su final en la laguna de Ansenuza.
El moscardón: apariciones y alucinaciones
Por allá llegando a la mitad del libro
aparece ante nuestros ojos lectores el relato del niño y experiencia con un
sexto sentido, o sentido extra si se prefiere. Narra que
“Miraba justamente la tarea de un moscardón enorme, de
cuerpo negro tornasolado, que libaba en las rojas flores del granado, pasaba
luego a las lilas y volvía a meterse en un agujero hecho en uno de los horcones
que sostenían la techumbre de la galería”
Así se entretiene mirándolo, incluso
piensa en matar al bicho, manifiesta, cuando recuerda a su tío previniéndolo de
cuidar la natura en sus mínimos detalles. Narrando de esta manera cuando llega
a la “alucinación” de ver al tío fallecido. Nos llama la atención que previo a
la aparición él se entretenía viendo a la gran mosca. Esta imagen del moscardón
asociado a la muerte nos llevó a la zamba de Vitu Barraza “El moscardón azul”
donde dicho bichito entra en un baile y resulta una anunciación, la del duelo
mortal que se desatará a posteriori. Dice la zamba:
Vuela el moscardón
verdoso rayo ululante,
gira pesado va formando
espirales
anónima la muerte
anda rondando por el
aire,
¿a quién buscará
en su danza salamanquera?
Gira la muerte
en su ritual hasta
marcharse,
el vino tiñe,
la siesta mira expectante
Todo es silencio se mete
en el monte en los
tunales
y se va sembrando
en las mentes
interrogantes.
¿Por quién vendrá con su
danza
salamanquera, a quién
cegará de luz?
en este viaje?
de velámenes atrapantes,
el moscardón azul
¿a quién vendrá a buscar
en esta primavera?
el moscardón azul
¿a quién vendrá a buscar?
El moscardón azul
Miradas y celos confunden
a dos mozos en el baile
se disputan ellos, la
belleza
y el amor de una warmi (1)
Se arma un entrevero
el súpay un alma quiere
llevarse
y la muerte horrenda
baila, ríe y gira por el
aire
Al son de una zamba
de chacareras y cantares
zapateos, giros, tocan
el alma de los danzantes
Al súpay upallero (2)
le gusta sembrar
pendencia
y ha introducido un facón
fatal
1)
Warmi: mujer
2)
Supay Upallero:
diablo que pega calladamente de atrás a traición, cobardemente.
Quisimos
aprovechar la parte para mostrar otra, la zamba que tratáramos en una nota La Resistencia de Llájtay Riman -un
recorrido por el libro de Vitu Barraza- y poder compartirla aquí ya que la
relación nos lo permitía, aunque no quisiéramos ser reiterativos.
Quizás son los ojos de los niños ellos que
aprecien (y transmiten) esas manifestaciones; como dice el poema de Blanca
Irurzun, lo mejor de mi tierra son los ojos de los niños.
De desprecios y modas
Llama la atención este fenómeno de las modas, las
atracciones y metejones: ayer moda los vinilos luego despreciados y aurita de
nuevo en las disquerías. De lo popular a objeto de culto. Pero nuestro pequeño
menciona a las hoy cotizadas “lagañas de perro” vistoso arbolito que luce en
los jardines y que la villa Carlos Paz cita como ciudad oriunda de la especie.
En pos del naciente verdadero cordobesismo aplaudimos la ocurrencia mientras
que, desde este lado del Pan de Azúcar también gozamos de la bonita vista del
mentado vegetal que en los tiempos del minúsculo Azor no era apreciado.
Ojalá siempre sean moda la solidaridad
criolla manifestada en la gauchada, la yerra, la minga, la cosecha; hoy por hoy
en las rifas a beneficio o en el simple vendedor ambulante.
Religiosidad
Los aspectos religiosos de las personas
causan toda mi atención y respeto; sobre los intereses institucionales en ese
marco tomo distancia. Diremos que causó novedad el relato que al terminar de
cenar en la campaña del norte cordobés distante de la localidad de Jesús María
a unas cinco leguas se rezó con devoción. Sabía del culto de bendecir la mesa
al comienzo, pero en este caso fue al finalizar. Tomo nota de las variantes
sobre este suelo de fervorosa Fe.
Final
Espero que hayan disfrutado de estas líneas
y sientan deseos de leer de primera mano a nuestro estimado Azor Grimaut, gran
escritor cordobés.