viernes, 3 de julio de 2026

 


Padentrano en las casas

 

     Hablar sobre Azor Grimaut me resultará muy difícil por la sencillez que pretendo abordar su libro póstumo Infancia, piquillín y mistol 1910-1920.

     Para comenzar diremos que el título ya es robado; otra vez el Maestro Aldo Parfeniuk aparece ante mis pensamientos alertando posibles tonteras en mi escrito y siendo severo en sus recomendaciones que pacientemente vierte sobre mis dedos al teclear el tablero. Pajuerano es el título con que Azor Grimaut titula unos versos en su libro Ancuas, poemas de Córdoba. Nuestro Maestro Parfeniuk en su libro de ensayos breves Las Voces Interiores desarrolla la idea que nosotros, “los del interior”, desde una mirada centrista de los porteños, no somos pajueranos según su mirada sino padentranos, en todo, caso según nuestra óptica y en las casas es como referencia nuestro autor Grimaut al conjunto de una cocina y dos o tres ranchos según la cantidad de familiares que los habitaban. ¡Qué tiempos donde se vivía con los abuelos, tíos y primos! Hemos cambiado todo ese menjunje de risotadas y convivencia por la soledad del individualismo sin Dios. Pero hoy metiéndonos pa´ dentro en nuestra intimidad provinciana es que leemos a Grimaut, y a tantísimos más, con la serenidad forzada en medio de tanta autovía y vehículos aerodinámicos o americanamente trompudos. ¿Qué nos estamos repitiendo? ¿No se repiten ellos acaso con su constante sonrisa cola o su brommm brommm dueños del mundo? Déjennos expresarnos mientras podemos y volvamos a A.G.

     Desde esta tozuda óptica de añoranza de cierto ritmo de vida pausada es que debe leérselo también a nuestro ilustrador con la palabra. Con total libertad y tiempo Él va relatando sus trajines de niño de seis años por el montecito que rodea su casa. Parecen las memorias de un abuelo con todo el tiempo del mundo para recordar. Nos retrotrae a Juan Filloy en sus Merorias de Esto Fui, donde, dicho sea de paso, el escritor de los tres siglos dice a propósito de A.G:

“Azor Grimaut, en las páginas de La Voz del Interior ha escrito páginas tan copiosas de información, tan onda de ternura retrospectiva que me siento inhibido. Y lo único que puedo hacer es rociar sus remembranzas con lágrimas de ternura de mi niñez”.

     En tiempos de neologismos (¿no fueron así todas las épocas? ¿no? ¿maso?), y en tiempos de fuerte impacto visual y auditivo, a las palabras de Juan Filloy replicaremos con un: ¡Fa…!

     Así, con la ternura de ambos, vamos andando junto al pequeño que junta uvitas silvestres y es un abundante conocedor de flora y fauna nativa:

“Este camino estaba bordeado de palo amarillo, pasionaria, espinillos, talas, moradillos, guayacanes, poleos, talillas, algarrobos, quebrachos flojos, cocos, tuscas, carteritas y otras numerosas especies de nuestra flora autóctona, pero en su mayoría arbustos, debido a que el hacha ya había hecho de las suyas con los árboles”.

Similar sucede en el barrio Martín Fierro desde donde escribo estas líneas aquí en Villa Ani Mí, La Granja. Aquí no ha sido tanto el hacha como los incendios según me comentan los vecinos de mayor antigüedad en la zona. Es difícil ver árboles nativos de gran porte, pinos, sí, fresnos, también, pero difícil ver un sombra de toro adulto, por ejemplo.

     De flores dirá que junto a sus hermanas y dos vecinitas juntaban:

“(…) formábamos grandes ramos con pasionarias o granadilla, como también se las denominaba, laocontes, clavelones silvestres, malvaviscos, tasis, margaritas rojas, alguna que otra flor del aire -escasas ya por aquel entonces- verdolagas rojas, alabas -que había en abundancia- palo amarillo, varas de San José, silvestres, muy fragantes, lágrimas de la virgen, cebollitas de tallo corto que crecen casi pegadas al suelo y tienen el pedúnculo como blanqueado a la cal”.

     La cita extensa no tiene otro fin que nombrar a las especies que seguramente no son cotidianas en muchas personas, pero que aún se pueden encontrar en las sierras, en la ciudad o en la llanura, porque si alguien tiene Memoria esa es la Madre-Tierra.

Fauna

     Porque si sobre flora abundan los sustantivos en una memoria que parece inagotable, otro tanto sucede con la fauna, sobre todo, son los eternos libadores (polinizadores) de flores, las aves. Ahí desandando especies al tiempo que nos “desazna” a los lectores. Por sus recuerdos tiernos de las excursiones pasan pijuíes, urracas, perdices, curucuchas, calandrias, chingolos, tortolitas, cacholotes…

 

Mas vegetales

La lista de vegetales mencionados en la cita de más arriba no claudican en ella, sino que se extiende por todas las páginas en cada nueva excursión del pequeño Azor; así aparecen en distintos párrafos: castor, cepa-caballo, suspiros, Santa María, verdolaga, poleo, pichanas, rosetas, amores secos, moradillo, poleo, piquitos de gallo…

 

Fauna 2

Abejas, moscardones, perecita, rundunes, chelco, hormigas, caballos, vacas, toros, chanchos, ovejas y entre tantos perros los suyos: Bonito y Pensamiento.

 

Saberes varios

     El niño junto a sus hermanas y vecinas, en sus travesías por el monte comían piquillín. Asegura que los frutos son de variados colores: amarrillos, negros, siendo este último el más dulce, máxime se después de las lluvias se lo deja “amelcochar” (tornar de color rubio).

 

Cucos y castigos

     Toda tranquilidad y dicha se acaba cuando aparecen las reprimendas, castigos y amenazas terribles sobre, en este caso, el “Sombrerudo” un enano siestero que se llevaba a los niños. Pero no será el único el don Sombrerudo que busca niños a la siesta, también figura con estos hábitos una iguana de cabeza roja que por la zona de la Chacra de la Merced salé en ese horario para lo mismo mientras gusta “guastar” (desbastar) plantas de piquillín.   

     Otro asunto digno de “castigo” era la distracción en las pequeñitas escuelas armadas en casas de familia; allí la distracción en mirar por la ventana la calle era digna de la puesta del bonete en la cabeza o un collar de marlo. La familia al enterarse de estas amonestaciones recrudecía la pena haciendo arrodillar, a veces hasta sobre granos de maíz, a los párvulos distractores con piedras en las manos aumentando el martirio, si bajaba los brazos podía ser apercibido con un azote. Tomá vos!

 

Remedios

     Abordando el bagaje de saberes de este muchachito de barrio deja testimonio sobre sus conocimientos aprendidos en torno a la medicina casera; así entonces reseña que doña Petrona le hace comprender que la grasa de iguana sirve para dolores de reuma mientras los anillos de la cola se utilizan para curar el “aire” dolencia negada por muchos médicos, pero que los que la sufren manifiestan.

     Contra las tormentas eléctricas era protección el invocar: “San Jerónimo bendito, Santa Bárbara, doncella, líbrame del rayo y la centella…” acompañado con una cruz de cenizas en el patio clavando un hacha en el centro evitando el uso de ropa blanca.  

         Contra el “pático” enfermedad que mancha el paladar como de un sarro blanco la receta es la que sigue (según pudo ver el pequeño Azor): se saca una garrapata de un perro, se la revienta y se mezcla su sangre con la saliva y se unta la encía del bebé (sic); se repite la operación ¡dos veces más! Al perro no solo se le extrae las garrapatas (hasta ahí feliz el can) sino que con colmillos del cuadrúpedo se hace un collar que irá al cuello del infante para que la criatura tenga dientes sin problemas ni dificultades de vientre. ¡Pichu, pichu, pichu…!

     Del pichu también el estiércol se usa como laxante. Y para dolores reumáticos la grasa de león o puma es recomendada altamente.

 

 

“Progreso” y Suquía

     Refiere que cuando el  llamado progreso aún no había avanzado sobre el monte aniquilándolo y el río Suquía, nuestro vena vital decimos desde acá, no era el inodoro de la ciudad y del San Roque muerto. Tiempos que él pudo apreciar y nosotros no; sin embargo tenemos la misión y la suerte de poder ser quienes lo reconstruyan, lo vivifiquen. Hoy el Suquía, nuestro Suquía este muerto desde su comienzo hasta su final en la laguna de Ansenuza.

 

El moscardón: apariciones y alucinaciones

     Por allá llegando a la mitad del libro aparece ante nuestros ojos lectores el relato del niño y experiencia con un sexto sentido, o sentido extra si se prefiere. Narra que

“Miraba justamente la tarea de un moscardón enorme, de cuerpo negro tornasolado, que libaba en las rojas flores del granado, pasaba luego a las lilas y volvía a meterse en un agujero hecho en uno de los horcones que sostenían la techumbre de la galería”

     Así se entretiene mirándolo, incluso piensa en matar al bicho, manifiesta, cuando recuerda a su tío previniéndolo de cuidar la natura en sus mínimos detalles. Narrando de esta manera cuando llega a la “alucinación” de ver al tío fallecido. Nos llama la atención que previo a la aparición él se entretenía viendo a la gran mosca. Esta imagen del moscardón asociado a la muerte nos llevó a la zamba de Vitu Barraza “El moscardón azul” donde dicho bichito entra en un baile y resulta una anunciación, la del duelo mortal que se desatará a posteriori. Dice la zamba:

Vuela el moscardón

verdoso rayo ululante,

gira pesado va formando espirales

anónima la muerte

anda rondando por el aire,

¿a quién buscará

en su danza salamanquera?

 

Gira la muerte

en su ritual hasta marcharse,

el vino tiñe,

la siesta mira expectante

Todo es silencio se mete

en el monte en los tunales

y se va sembrando

en las mentes interrogantes.

 

¿Por quién vendrá con su danza

salamanquera, a quién cegará de luz?

en este viaje?

de velámenes atrapantes,

el moscardón azul

¿a quién vendrá a buscar en esta primavera?

el moscardón azul

¿a quién vendrá a buscar?

El moscardón azul

 

Miradas y celos confunden

a dos mozos en el baile

se disputan ellos, la belleza

y el amor de una warmi (1)

 

Se arma un entrevero

el súpay un alma quiere llevarse

y la muerte horrenda

baila, ríe y gira por el aire

 

Al son de una zamba

de chacareras y cantares

zapateos, giros, tocan

el alma de los danzantes

Al súpay upallero (2)

le gusta sembrar pendencia

y ha introducido un facón fatal

1) Warmi: mujer

2) Supay Upallero: diablo que pega calladamente de atrás a traición, cobardemente.

     Quisimos aprovechar la parte para mostrar otra, la zamba que tratáramos en una nota La Resistencia de Llájtay Riman -un recorrido por el libro de Vitu Barraza- y poder compartirla aquí ya que la relación nos lo permitía, aunque no quisiéramos ser reiterativos.

     Quizás son los ojos de los niños ellos que aprecien (y transmiten) esas manifestaciones; como dice el poema de Blanca Irurzun, lo mejor de mi tierra son los ojos de los niños.

  

De desprecios y modas

     Llama la atención este fenómeno de las modas, las atracciones y metejones: ayer moda los vinilos luego despreciados y aurita de nuevo en las disquerías. De lo popular a objeto de culto. Pero nuestro pequeño menciona a las hoy cotizadas “lagañas de perro” vistoso arbolito que luce en los jardines y que la villa Carlos Paz cita como ciudad oriunda de la especie. En pos del naciente verdadero cordobesismo aplaudimos la ocurrencia mientras que, desde este lado del Pan de Azúcar también gozamos de la bonita vista del mentado vegetal que en los tiempos del minúsculo Azor no era apreciado. 

     Ojalá siempre sean moda la solidaridad criolla manifestada en la gauchada, la yerra, la minga, la cosecha; hoy por hoy en las rifas a beneficio o en el simple vendedor ambulante.

 

Religiosidad

     Los aspectos religiosos de las personas causan toda mi atención y respeto; sobre los intereses institucionales en ese marco tomo distancia. Diremos que causó novedad el relato que al terminar de cenar en la campaña del norte cordobés distante de la localidad de Jesús María a unas cinco leguas se rezó con devoción. Sabía del culto de bendecir la mesa al comienzo, pero en este caso fue al finalizar. Tomo nota de las variantes sobre este suelo de fervorosa Fe.

Final

     Espero que hayan disfrutado de estas líneas y sientan deseos de leer de primera mano a nuestro estimado Azor Grimaut, gran escritor cordobés.